Skip to main content

Full text of "El gran tacaño : comedia en tres actos y en prosa"

See other formats


JH 5 16 2 

AHTüp puso y JOAQUÍN abatí 



GRAN TflCflñO 



en -tros actos y on prosa 



SEGUNDA EDICIÓN 



Copyright, by A. Paso y J, Abatí, 1908 

SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 
Calle del Prado, niím. 24 



COMEDIA 



1914 



EL GKAN TACAÑO i 



Esta obra es propiedad de sus autoies, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en 
España ni en los países con los cuales se hayan cele- 
brado, ó se celebren en adelante, tratados internacio- 
nales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad de 
Autores Españoles son los encargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso de representación y 
del cobro de los derechos de propiedad. 



Dioits de representaron, de traduction et de repro- 
duction rédervés pour tous les paya, y compris la Sué- 
de, la Norvége et la Hóllande. 



Queda hecho el depósito que marca la ley. 



EL GRAN TACAÑO 



COMEDIA 
& r» tres actos y e n prosa 

DE 

flJiTOP PASO y JOflQÜÍIÍ ABATI 



^trenada en el TEATRO DE LA COMEDIA el 24 de 
Diciembre de 19J8 



SEGUNDA EDICIÓN 



MADRID 

Yblasoo, imp., Marqués db Santa Ana, U dup.® 

Teléfono número 661 
1914 



£1 iodos los artistas que figuran en el 
reparto, 5 mu^ en particular a la 
Sría. JJieves Suarez, por su exce- 
siva benevolencia ? modestia, les de- 
dicamos «SI gran tacaño». 




REPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



LUISA Julia Martínez. 

NIEVES Mercedes Pérez de Varg£ 

PATROCINIO Irene Alba. 

AUGUSTA Ana Quijada. 

VICENTA, Nieves Suárez. 

FERMINA Esperanza Bedoya. 

LA SEÑORA DE PALMADA. . Adela Carbone. 

ALEJO REDONDO José Santiago. 

EL BARÓN DE FUENTE SE- 
RENA. ...... c Rafael Ramírez. 

DON FACUNDO Pedro Zorrilla. 

AMADO < Ernesto Vilches. 

ANGEL Manuel González^ 

UN MOZO 

EL SEÑOR PALMADA Juan Catalá. 

CELEDONIO . . o Manuel Caba. 

UN CRIADO José Suárez. 



Derecha é izquierda, las del actor 



ACTO PRIMERO 



Sala elegante: primera lateral derecha, puerta, que figura da al pasi 
lio que conduce á la calle; lateral izquierda dos puertas. Al foro 
gran puerta, y por él se ve parte de un jardín. Sobre las sillas y 
mesas, vestidos, sombrereras, sombreros, abrigos. Todo está ocu- 
pado. 

ESCENA PRIMERA 

FERMINA y CELEDONIO: este último esta cerrando un baúl; la pri- 
mera sale de la primera derecha con más ropa, que coloca encima 
de las sillas 

Fer . (Saliendo primera izquierda.) ¿Pero todavía 110 has 

cerrado el baúl? 
Cel. Lo que es como no me ayudes, solo no hay 

quien lo cierre; está muy lleno. 
Fer. ¡Vaya unas fuerzas de hombre: Anda ahora. 

(Se sienta sobre el baúl. Celedonio está de rodillas.) 

Cel. (Mirándola.) Oye, Fermina, ¿sabes que te en- 

cuentro cada día más bonita? 
Fer. Bueno, cierra. 

Cel. Estás echando unos contornos que cuando 

te miro me quedo con la boca abierta. 
Fer. Bueno, cierra. 

Cel. Y te se han puesto en la cara unos nácares, 

y en las manos unos hoyitos que... (Le va á 

coger una mano. Fermina le da un manotón.) Bueno, 
Cierro. (Lo hace.) 



ESCENA II 



DICHOS; el SEÑOR y la SEÑORA DE PALMADA, saliendo primera 
izquierda y figurando hablar con alguien que está dentro 

Sr. Pal. No te molestes, no. 

Sra. Pal. Con nosotros estás cumplida, Luisa. 

Sr. Pal. Y ya lo sabes,, á las seis en punto estaremos 

aquí á recogerte. 
Sra. Pal. Cuidadito, que el tren 1 no espera. 
Sr. Pal. ¡Adiós! (cruzan la escena.) Quedar con Dios. 

(Mutis primera derecha.) 

Cel. y Fer. Vayan con Dios los señores. 

Cel. (por los Palmadas) Ahí tienes: á esos los casó 

también la señora. 
Fer . Ya lo sé: estos hacen el número catorce; le 

ha dado la manía por casar á todo el mundo. 
Cel. Y tiene buena mano: todos los matrimonios 

que ha hecho, son felices. 
Fer. Ya, ya... ni un mal divorcio... 

Cel. En cambio ella... 

Fer. ¡Ella!... Ella no es feliz por sus ridículos ce- 

los; no sé cómo la aguanta el señorito. 

Cel. (Acercándose.) ¿Sabes que cuando te pones se- 

ria se te acentúan los nácares y...? 

Fer. ¿Pero á ti es que no te han enseñado otros 

piropos más que ese de los nácares? 

Cel. Sé otro de corales, alusivo á los labios; pero 

ese no te lo digo hasta que se vayan los se- 
ñoritos. 

Fer . ¿De veras? 

Cel. No me mires así, que se me va á escapar 

antes y... 



ESCENA III 

DICHOS y LUISA, segunda izquierda; aparece un momento antes de 
acabar Celedonio 

Luisa (saliendo.) Fermina. 
Fer. La señora. 

Luisa ¿Sacaste del armario mi guardapolvo de 
viaje? 



Sobre la cama de la señora le puse. 
Está bien .. ¡Ah! O Celedonio.) ¿Qué es lo que 
te se iba á escapar cuando yo salí? 
(Aparte.) ¡Demonio! 
(Aparte ) ¡Qué vergüenza! 
Le diré... como escapárseme, ya sabe la se- 
ñora que á mí no se me escapa nada; pero 
hablábamos del viaje. 

Justo, y temía que se le escapase el tren al 
señor. 

Bien, bien... no es muy feliz la disculpa, 
pero de todos modos me alegro encontraros 
juntos; es necesario que os vayáis prepa- 
rando. 

La señora dirá para qué. 
Para casaros. 

Por lo visto tenemos el quince. 

Qué, ¿no os agrada mi proposición? Siendo 

así, podéis buscar otra casa. 

Es que... la verdad, como no pensábamos en ' 

ello... ¡Si al menos la señora nos diera 

tiempo...! 

No mucho, veinte ó treinta meses. 
A la señora mi-ma le he oído más de una 
vez que Jos hombres aparentan una cosa y 
luego son otra... y si éste sale otra... ¿qué 
hace una? 

En el tiempo que lleváis en casa ya has te- 
nido ocasión de conocer á Celedonio. El no 
parece mal muchacho, y en cuanto á las fal- 
tas que pueda tener, todas son perdonables 
menos la infidelidad: un esposo que engaña 
á su mujer, deja de ser persona para conver- 
tirse en reptil inmundo. 
Por eso van quedando tan pocas personas. 
¡Y hay una de reptiles!... 
A mi regreso del veraneo se celebrará la 
boda; el señor y yo la apadrinaremos: ahora 
podéis retiraros. 
Con permiso. 

(a ella.) Luego bajaré para decirte el piropo 
coralino y para que nos vayamos tratando. 

(Mutis Fermina primera izquierda. Celedonio segunda 
izquierda.) 



- 10 — 



ESCENA IV 

LUISA, FACUNDO, segunda derecha 

Luisa (viendo á su marido.) ¡Ah! Me alegro que ven- 
gas... 

Fac. ¿Te ocurre algo? 

Luisa Acabo de arreglar, para nuestro regreso, el 
casamiento de Celedonio y Fermina. 

Fac. ¡¡Otro!! ¡Pero eres incurable! Eso ya es una. 

enfermedad. 

Luisa Además, seremos los padrinos. 

Fac . Y van quince. 

Luisa Y los que irán. 

Fac. Considera que esto que tú juzgas un bien 

para ellos, es para nosotros casi un ridículo. 
¡Quince casamientos! ¿Tú sabes cómo me 
llaman mis amigos? La Epístola de San Pablo. 

Luisa El casamiento es el perfecto estado de la 
mujer y del hombre. 

Fac Sí, hija, sí; pero déjalos que se perfeccionen 

ellos solos. 

Luisa Además, tenemos la satisfacción de haber 
labrado la felicidad de todos ellos. 

Fac. Sí, menos la de mi secretario... el pobre 

Amado. 

Luisa Lo de Amado debe obedecer á causas extra- 
ñas que yo averiguaré. 

Fac . Te lo prohibo en absoluto, i con terror.) 

Luisa ¡Ah! ¿me lo prohibes? 

Fac Bastante hemos hecho ya con casarlos para 

que encima ejerzas una fiscalización: allá 
ellos. Además, las causas extrañas ya te las 
he explicado: el pobre Amado hizo el nú- 
mero trece de nuestros casamientos. 

Luisa Pero es muy raro que Blanca se haya esca- 
pado de su casa sin decirme una palabra. 

Fac ¡darnos, hoy estás impos. ble! 

Luisa Y hasta que lo averigüe, no cesaré. Voy á 
concluir de arreglar todo, que han quedado 
los Palmadas en venir á recogerme. (Mutis 

primera izquierda.) 

Fac ¡Los Palmadas! El número catorce. 



— 11 - 



ESCENA V 

DON FACUNDO y AMADO por la primera derecha, con periódico y 
cartas en la mano; viste de chaquet con manguitos en el antebrazo;, 
está ojeroso y excesivamente pálido 

Ama. ¿Se puede? 

Fac. Adelante. ¡Ahí ¿es usted, Amado? 

Ama. El mismo, y, como habitúalos ente, á su en- 

tera disposición. 

Fac. Qué, ¿hizo usted mis encargos? ¿Está usted 

más tranquilo? 

Ama. Cuanto á sus encargos, todos están cumpli- 

dos al pie de la le ra. Vea usted la prensa 
de la mañana que unánimemente publica 
el anuncio. (Leyendo ) « Precioso hotel con 
tranvía á mil setecientos metros de la puer- 
ta; jardín espaciuso, casa espaciosa, luz es- 
paciosa; por ausencia de sus dueños se ven- 
de. Diego de León, siete.». Y ahora mismo, 
en la puerta, acabo de colocar un letrero,, 
copia exacta del anuncio. 

Fac. Está bien. 

Ama. En cuanto á mi tranquilidad, ¡ay, don Fa- 

cundol Mi tranquilidad huyó con Blanca, y 
hasta que la encuentre, no la encuentro. 

Fac ¿No ha averiguado usted aJgún detalle? 

Ama. Nada, don Facundo. 

Fac ¿Algún indicio?... 

Ama. Nada, don Facundo. Los amigos me dicen 

que Blanca, mi esposa, la única que ocupa 
por entero mi espíritu mi vida, ha huido de 
mi lado hoy hace setenta y dos horas, por- 
que no podía aguantar mi carácter, mis ce- 
los, mis desconfianzas. 

Fac Y acaso tengan razón: yo recuerdo que los 

días que ha estado en casa arreglando los 
vestidos á mi mujer, usted salía con fre- 
cuencia del despacho y se iba de puntillas 
hasta el gabinete de costura... 

Ama. Cierto, pero era por verla, por mirar aque 

líos llameantes, rasgados, candentes, ¿ver- 
dad, don Facundo? 

Fac (con entusiasmo.) ¡Ya, ya! ¡Qué ojazos! 



— 12 — 



Ama. ¡Y aquella nariz helénica! 

Fac. (ídem.) [Ya, ya! ¡Qué nariz! 

Ama. Y aquellos labios más rojos que la flor del 

granado. 

Fac . (més entusiasmado.) ¡Y aquellos dientes tan 

menuditos! 
Ama. ¡Perlas de Ceylán! 

Fac. (ídem.) ¿Pues y aquellos dos hoyitos junto á 

la boca? 
Ama. ¿Cómo? ¡Usted!.;. 

Fac . (Reponiéndose.) No, si es que le ayudo á hacer 

el retrato, porque si no, hay para un mes. 
Ama. Y si iba de puntillas, era por algo más, era 



por algo más, era porque la víbora de los 
celos había mordido aquí, (En el pecno.) y 
aquí, y allí, y en todas partes, la. sombra de 
Otelo murmuraba en mi oído: «Vigila, no te 
duermas.» ¡Ah! Si usted supiera que hace 
quince días no sé lo que es pegar un ojo; 
que el viernes doce del corriente, tuvimos 
un disgusto acentuado, que el sábado trece, 
tuvimos dos, y el domingo... ¡qué domingo 
de disgustos, don Facundo! 
IFac. Pero hombre, para todo eso se habrá usted 

• fundado en algún motivo real, no en sospe- 
chas pueriles 

Ama. ¡Pueriles! No, no eran pueriles, á mi Blanca 

le mandaban diariamente flores. 
Fac. (sorprendido.) ¡Diariamente! 

Ama. ¿Le extraña, verdad? 

Fac. Sí... (Aparte.) Porque yo se las mandaba un 

día sí y otro no. 

Ama. . Primero fué un ramo, luego dos; el viernes 
del disgusto, tres; el sábado, cuatro; y el 
domingo, ¡siete! ¡siete! ¡qué domingo de ra- 
mos, don Facundo! r 

Fac. (Aparte.) (¡Siete! O este exagera ó alguien le 

mandó tres más.) 

Ama. Ella no tomaba ninguno, pero el asedio es- 

taba marcado, la plaza tenía puesto sitio y 
una mujer no es Gerona ni yo Palafox, y 
por eso temblaba ante la idea de la capitu- 
lación. 

Fac. ¡Qué histórico y qué raro es todo eso! 

Ama. Más tarde ha venido á darme la razón su 

huida, su huida aprovechando los momen- 



— 13 — 



tos en que yo, esclavo de mi deber, despa- 
chaba el correo de usted, y cuando regresé 
á casa y me convencí de la realidad, corrí 
como loco todas las habitaciones; la llamaba 
desesperado, ¡Blanca! ¡Blancaaa! .. y nada^ 
estaba solo. ¡Solo y rodeado de recuerdos- 
suyos: allá, en una silla, el crochet; sobre la 
mesa de su tocador, el tarro de la bandoli- 
na; debajo de la cama... las zapatillas bor- 
dadas que le regalé el día de su santo; junto 
al espejo, su último retrato dibujando una 
sonrisa fría, y allá, en la cocina, la comida 
fría, fría también como su traición, fría 
como su alma, fría como la casa... ¡qué frial- 
dad, don Facundo! 
Fac. ¡Me deja usted helado! Pero, vamos á ver, 

ya que cuenta usted sus quejas, ¿por qué no 
cuenta también las que ella puede tener de 
usted? 

Ama. Ninguna. Cierto que desde hace tres meses, 

después de cenar, la tenía hasta la madru- 
gada leyéndola sentencias del Supremo acer- 
ca del adulterio; que le hice que se apren- 
diese de memoria el Código y que hace días 
pegué en el comedor, en la cocina, en el to- 
cador y en la alcoba, un letrero que decía: 
«Artículo 438. El marido que, sorprendien- 
do en adulterio á su mujer, matare en el 
acto á ésta ó á su cómplice, será castigado 
con la pena de destierro.» 

Fac. ¡Qué barbaridad! 

Ama. Pero todo esto lo hacía porque con ello en- 

contraba un lenitivo á mis temores. 

Fac, Lo malo es que lo ocurrido me perjudica á 

mí de rechazo, porque con esa pena no está 
usted para atender al despacho. 

Ama. Yo le juro á usted que sí, sacaré fuerzas de 

flaqueza, me arrancaré el corazón si es pre- 
ciso. 

Fac. No es para tanto. 

Ama. Además, tengo esperanzas de encontrarla: 

su amigo don Julio, á quien me recomendó 
usted, escribió al -Gobernador solicitando 
que se hicieran averiguaciones y... 

Fac Y, á propósito: ¿el correo de hoy?... 

Ama. Aquí está: hoy no es mucho; cuatro cartas. 



— 14 — 



Fac. A ver. (Rompe una.) Esta es de nuestro repre- 

sentante de la Azucarera de Granada. 
Ama. ¡Dónde estará! ¡Dónde! 

-P>C. A ver, lea (Dándosela.) 

Ama. (Leyendo.) Sociedad Anónima Azucarera de 

España. 

Fac. Déjese de membretes ahora: al texto. 

AMA. (Enjugándose una lágrima.) ¡D0D.de! 

FaC. Al texto, hombre. (Amado sigue leyendo con voz 

entrecortada por sollozos.) 

Ama. No, si ya lo he oido. «Señor don Facundo 

Cañizares. Respe able jefe Los últimos pre- 
cios cotizados en este mercado son los que 
siguen: Florete superior, ¡ay! 1 ,20 el kilogra- 
mo. Morena centrífuga, 90.» ¡Qué infame! 

Fac. No se acuerde más de ella y lea. 

Ama. Tiene usted razón. «Pilón ídem, 1,20; ¡ay! 

Blanca...» 

Fac. Y dale con su mujer. 

Ama. No, si es que leo aquí. « Blanca de prime- 

ra, 1,25.» 
Fac. ¡Ah! 

Ama. « Terciada... noventa. Hago el giro ordinario. 

Suyo, Alberto Mingo...» ¡Ay! 
Fac. Ría. 

Ama. N<> puedo reir, don Facundo. 

Fac. Al 1 erto Mingorría... la firma. 

Ama. Perdóneme usted, es que no veo ni leer si- 

quiera. 

..iFac. Cuando yo digo... Leeré yo. (Rompe otra. 

Aparte.) Hombre, de Julio, y me acompaña 
una carta del Gobernador. A ver .. (Lee para 
sí.) Amigo don Julio: Me informan de que la 
señora, cuyo paradero desea usted saber, 
se encuentra en Araniuez en casa de una 
tía suya llamada Josefa Rodríguez. Aprove- 
cha esta ocasión...» (Guardando la carta.) ¡Con- 
que en Aranjuez, en casa de su tía!... (Alto á 
Amado.) A propósito: mi amigo Julio me es- 
cribe acompañándome una carta del gober- 
nador .. 



-Ama. (con ansiedad.) ' ¿Y qué? ¿Se ha averiguado 

algo. 

Eac. Todo. 
Ama. ¡Eh! 

Fac. , Sí, hombre, todo; ¿no le dije que no perdie- 
ra la esperanza? 



— 15 — 



Ama. Acabe usted por piedad. 

Fac Su mujer hace dos días está en. . Castro Ur- 

díales. 

Ama. ¡¡Ahí! Gracias, don Facundo, gracias. Ahora 

permítame usted que no le despida en la 
estación como era mi deseo: yo también 
parto. 

Fac. Me lo figuraba. ¿Va usted á Castro-Ur- 

diales? 

Ama. Sí, señor, á Castro-Urdiales y quiera Dios 

que no tenga que ampararme en el artícu- 
lo 438 que dice: El marido que... 

Fac. Ya, ya lo conozco. 

Ama. Servidor de usted. Abstracción hecha de mi 

desventura, quedo como habitualmente á su 

entera disposición. (Mutis primera derecha.) 

Fac. Bueno, hombre, adiós. 



ESCENA VI 

FACUNDO. Después ANGEL, primera lateral derecha 
FaC. (Después de observar que nadie le ve, saca la carta y 

lee.) ...«en Aranjuez, en casa de una tía suya 
llamada Josefa Rodríguez.» (Guardando la 
carta.) La Providencia la pone en mi camino 
porque aunque mi mujer cree que voy á 
Suiza, mi camino es Aranjuez, no me cabe 
duda. En Aranjuez nadie me conoce, la 
veré y... ¿quién sabe?... por lo menos el ar- 
tículo 438 sale para Castro-Urdiales. 



ANG. (Tipo elegante, vanidoso.) Buenos días, amigo 

Cañizares. 
Fac Hola, Angelito, ¿qué tal va? 

Ang. Aburrido. ¿Ustedes por lo visto de viaje? 
Fac. Sí, mi mujer va a San Sebastián con los 

Palmadas y allí me reuniré con ella á mi 

regreso de I verdón en Suiza. 
Ang . A tomar las aguas, ¿eh? 
Fac Sí. 

Ang. ¿Está usted enfermo? 

Fac. ¡Oh! tengo la laringe destrozada. ¿Y usted, 

dónde va? 
Ang. A Stokolmo. 

Fac ¿A Stokolmo? ¡Ah! No recordaba que mi 



— 16 - 



querido Barón de Fuente Serena pertenece- 
á la carrera diplomática. 

Ang. Sí, la manía de papá; la carrera no es diver- 
tida; siempre de viaje. No hace dos meses 
que volví de Londres y en marcha otra vez. 
Vengo ahora del Ministerio donde me aca- 
ban de dar el nombramiento de agregado á 
la embajada de Suecia. 

Fac. Mi enhorabuena. Y de conquistas, ¿cómo 

marchamos? 

Ang. ¡Phs! ¡Ya me hastían! No tienen para mí el 
atractivo de la lucha... una mirada... una 
palabra y corazón rendido. A veces con la 
mirada me basta y, siguiendo así, creo que 
se me van á declarar ellas. Se conoce que 
tengo un fluido especial... Hay hombres que 
se hacen desgraciados por exceso de fluido. 
Me hastían, don Facundo. Yo quisiera lu- 
cha, encontrar resistencia. Pues nada. Faci- 
lidad desesperante que mata el encanto. 



Fac. Hombre, eso es quejarse de vicio. 

Ang. ¿Y qué quiere usted? (Pausa.) ¿Luisa marchó 

Fac. Está por ahí terminando los preparativos. 

Ang . ¿Y aquella muchacha costurera que casaron 

ustedes con Amado? Hace días que no la 

veo por aquí. 
Fac. jAh! pero usted no sabe nada. 

Ang . ¿Ha ocurrido algo? 

Fac. ¿Ni las sospechas del marido ni los ramos 

de flores? 

Ang . (¡Demonio! ¿Se habrá enterado?) 
Fac ¿Ni la huida? 

Ang. Pero, ¿cómo? ¿ha abandonado al marido? 
Fac Hace dos días; es interesantísimo... 

Fer. Señor. (Porla primera lateral derecha.) 

Fac ¡Qué! 

Fer. Una familia desea ver el hotel. 

Fac No tengo tiempo: que pasen y avise usted á 

la señora. Venga usted, Angel. Me ayudará 
usted á hacer los últimos preparativos y le 
contaré lo de Amado; es interesantísimo. 

(Vanse loe dos por segunda izquierda.) 



— 17 — 



ESCENA VII 

REDONDO, PATROCINIO, NIEVES y FERMINA por la primera 
derecha 

Fer . Pasen ustedes; voy á avisar á la señora: un 

Thomento: siéntense ustedes. (Mutis.) 

(Redondo, Patrocinio y Nieves á la indicación de que 
se sienten, miran alrededor y ven todas las sillas y 
butacas ocupadas.) 

Red. Patrocinio, ¿ha dicho que nos sentemos? 

Pat. Sí. 

Nieves Eso ha dicho. 

Red. Bueno, pero, ¿dónde? 

Pat. Es verdad; está todo tan ocupado que... 

Red. Quitaremos algo de las sillas precisas, ¿no 

te parece? 

Pat. Sí, es lo mejor. 

(Redondo toma los objetos que hay sobre una silla, 
Nieves los de otra y Patrocinio los de otra. Redondo 
coloca los que tomó en la silla que ha dejado libre 
Nieves, ésta hace lo mismo en la que dejó libre Patro 
y ésta en la que dejó libre Redondo. Quedan, pues, las 
,tres sillas de nuevo ocupadas. No han hecho más que 
cambiar el contenido de las mismas.) 

Red. (a su mujer y á su hija.) ¡Qué! ¿no os sentáis? 

Pat. Bueno, pero, ¿dónde? 

Red. Aquí en este baúl caben dos. 

Pat. ¡Por Dios, Redondo! 

Fer. (saliendo.) La señora que la dispensen unos 

instantes. 

Red. Muy bien: no tenemos prisa. 

Fer. Siéntense ustedes. (Hace mutis.) 

Red. ¿Lo oyes? Que nos sentemos. 

Pat. Lo mejor es colocar sobre ese baúl alguna 

ropa. 

Red. Sí, tienes razón. Anda, Nieves, hija mía, 

deja esto en el ropero improvisado. (Nieves 

deja la ropa sobre el baúl. Se sienta.) Ajajá. (Sentán- 
dose. ) No es fea esta habitación, ¿verdad? 
Pat. Un poco en desorden. 

Red. Nuestra sillería de terciopelo rojo luciría 

doble aquí, ¿verdad? 

2 



— !3 — 

Pat. Por lo visto es que tienes decidido propósi- 

to de comprar este hotel. 

Red. ¿Quién, yo? Ni pensarlo. Volvíamos de la 

Guindalera á pie, porque es muy saludable 
andar; estábamos un poco cansados, el sol 
apretaba de lo lindo, leí el letrero colocado 
en la verja y me dije: esta es la ocasión de 
descansar un momento y al mismo tiempo 
de ver un hotelito: como esto no cuesta el 
dinero... $ 

Pat. De modo que... 

Red. Sí, hija, sí, lo veremos; nos enteraremos de 

lo que piden por él, nos parecerá un poco 
caro ó un poco chico y nada más. 

Pat . Veo que me había hecho otra vez ilusiones. 

Sin embargo, tú puedes permitirte el lujo 
de comprarte un hotelito. Has hecho un 
buen capital en tu comercio de peletería 
fina. Hasta el traspaso lo has hecho en con- 
diciones ventajosísimas y... 

Red. ¡Pero, hija, si tenemos una casa llena de co- 

modidades! 

Pat , Sí, pero somos inquilinos y aquí seríamos 

dueños. Además, tener un hotel da impor- 
tancia, viste: apuesto á que tus mismos 
amigos te mirarían de otra manera, y pues- 
to que lo tienes... 

Red. Eso no es razón, yo he ganado el dinero con 

mucha dificultad y lo gasto con mucha di- 
ficultad también. Además, los dos años que 
ha estado Nievecitas educándose en Londres, 
nos han costado más de lo que creíamos. 

Pat . Justo y has educado á tu hija en el extran- 

jero, para que no salga de un piso tercero 
de la calle de Ferraz. ¿De qué le sirve saber 
inglés si no tiene con quien hablarle? 

Nieves Lleva razón mamá. 

Red. No la lleva. 

Pat. Déjalo; con tu padre no se puede discutir. 

No he visto un hombre á quien le preocupe 
menos la vida social. Antes no sabía salir 
del mostrador, y ahora cuando quiere pa- 
sear, ya se sabe, el tranvía. Ayer á la Pros- 
peridad, hoy á la Guindalera; la vuelta an- 
dando, y á casa. ¡Jesús qué hombre! Otro en 
tu lugar, ambicionaría ser algo, figurar, que 



— 19 — 



saliese su nombre en los periódicos. Redon- 
do por arriba... Redondo por abajo... 

Red. ¡Ah! pero ¿es que ha salido poco mi nombre 

en los periódicos? 

Pat . ¿Cuándo? 

Red. ¿Cómo que cuándo? No anuncié mi liqui- 

dación en toda la prensa? ¿no estaba en 
cuarta plana debajo del cinturón eléctrico? 
Bien claro se leía: «Guerra á los sinapismos. 
No más parches porosos. Se acabaron las 
pulmonías con solo adquirir, ora una nu- 
tria, ora un kanguro, de la acreditada casa 
de Alejo Redondo.» ¡Me parece que más 
que sonó mi nombre!... 

IFat. ¿Y para qué?, para que se acabase la liqui- 

dación y si te he visto no me acuerdo. Yo 
en tu lugar me hubiese buscado un hueco en 
la política, ¡quién sabe! Otros con menos me- 
recimientos llegan; sin ir más lejos, Chamo- 
rro, el esterero de al lado. ¿Qué figura, ni qué 
representación, ni qué dinero tiene ese hom- 
bre? Pues ahí lo tienes, concejal, pronun- 
ciando discursos todos los días, y ayer mis- 
mo le daba un bombo El lmparcial. 

Red. ¿De veras? 

Pat. Como lo oyes; le llamaba el ¡¡nefasto conce- 

jal!! ¡Quién se lo había de decir, cuando nos 
esteró toda la casa, que daba pena verlo ga- 
tear por el recibimiento! 

Red. Es que ese ha llegado á fuerza de arrastrar- 

se, y así no quiero yo puestos ni honores. 

Nieves Pero es que tú no has intentado de ninguna 
manera. 

Pat. Ni socio de nada, ni forma parte de ningu- 

na comisión. 

Red. Te olvidas que soy socio de «La Cooperati- 

va Militar», y respecto á significarme, acuér- 
date del voto de gracias que me dieron en 
la kermese del baile de la Latina por el do- 
nativo en pieles que les hice. 

Pat . Yo lo que digo que por lo menos, en ese 

ojal debías llevar un distintivo; algo. 

Nieves Lleva razón mamá. 

Red. No la lleva 

Pat. Sí que la llevo, y un hombre oscuro como 

tú, no sirve para nada. 



— 20 — 



Red. jPatro!... (Van subiendo de tono hasta terminar gri- 

tando desaforadamente.) 

Pat. Te lo repito, para nada, más que para ha- 

cer la desgracia de una familia. 
Red. ¿Yo, vo vuestra desgracia? 

Pat. ¡Tú! 

Red. Pues hemos acabado; ahora mismo, me 

voy. 

Pat. Cuando quieras. 

Nieves ]Pero, papá, por Dios! 

Red. No hay papá que valga. 

Nieves Pero, mamá... 

Pat. No hay madre que valga. , 

Red. Esto no se hace con un hombre como yo. 

(Dándole un puntapié á una maleta.) 

Pat. Esto no se hace con una mujer como yo. 

(Tirando ropa.) 

Nieves Esto no se hace en una casa extraña. (Recoge 

la ropa.) 



ESCENA VIII 

DICHOS y LUISA por primera izquierda 

Luisa ¡Ah, señores! perdonen que les reciba en 

medio de este desorden. 
Red. No, si los desordenados somos nosotros... y... 

Luisa Pero, calle, si es el señor Redondo. 
Red. ¡Cómo! ¿la señora?... 

Luisa ¿Qué?... ¿no me reconoce usted?... La hija 
de don Mateo Pimentel, uno de sus mejores 
parroquianos. 

Red. Espere usted. (Fijándose.) 

Pat. Sí, hombre; la señorita Luisa. 

Red. En efecto, ahora caigo, sí; usted siempre re- 

gateaba mucho. Justo, recuerdo que me 
sacó usted una Marta, cosa riquísima, en 
ciento veinte pesetas. ¡Ah! en aquella venta 
perdimos, ¿verdad, Patrocinio? 

Pat. Por Dios, Alejo, no seas inconveniente. 

Red. Vaya con doña Luisa: como hace tanto tiem- 

po que no nos vemos y usted ha cambiado 
tanto... 

Luisa ¿Qué? ¿me encuentra usted vieja? 



21 — 



Pat. (Alejo, que estás diciendo tonterías.) 

Red. No, no es eso, quiero decir que... claro... 

justo... entonces era usted una niña, muy 
niña, y hoy... vamos, hoy, vamos... 

Pat, (¿Dónde vamos?) 

Ked. Yo no lo sé. 

Pat . Como este se ha retirado ya de los negocios, 

no recuerda... 

Luisa Entendido, entonces era joven y... (suspi- 
rando.) soltera. Hoy ya soy una señora casa- 
da con don Facundo Cañizares, rico propie- 
tario y uno de los principales accionistas del 
trust azucarero. 

Red. ¡Hola, hola! 

Luisa ¿Y esa señorita es hija de ustedes? 
Red. Sí, señora. 

Luisa ¿Hija única? 

'Pat . Unica. Como este se ha retirado ya dé los 

negocios, á ella sola dedicamos nuestros 
desvelos; crea usted que en esta ocasión, un 
varón no nos hubiese estorbado, ¿verdad? 

Red. ¡Oh, la pareja! ¡siempre ha sido mi sueño 

una pareja, pero, en fin, Dios lo ha querido 
así! 

Pat. (Alejo, que no digas tonterías.) 

Luisa ¡Es muy linda! 

Pat. Y si viera usted cómo domina el inglés; ha 

estado dos años en Londres con unos pa- 
rientes, y se ha educado en uno de los me- 
jores colegios. 

Red. ¡Ah, el inglés! el inglés lo pronuncia como 

los naturales del país. Nieves, hija, dile algo 
en inglés á esta señora. 

Nieves lf yon like. 

Red. Fíjese usted en la clase de inglés, del me- 
jor. 

. Luisa Es inútil, no lo entiendo. ¿Y no piensan us- 
tedes casarla? 
Red. ¡Anda! ¡Ya lo creo! 

Pat. (a la niña.) Hojea ese álbum: la señora te da 

permiso. 
Luisa Sí, lo que guste. 

Nieves (Siempre me alejan cuando las conversacio- 
nes se ponen interesantes.) 
Luisa Qué, ¿hay algún candidato en puerta? 
Red. No, todavía no. 



— 22 — 

Pat. Nosotros, como es natural, quisiéramos en- 

contrarle un príncipe. 

Red. Verá usted: en el principal de la misma casa. 

que habitamos, vive el señor barón de Fuen- 
te Serena. 

Luisa ¿Fuente Serena? 

Red. Aquí, entre nosotros, me parece que de di- 

nero no está muy sobrado: porque yo me 
he enterado que no beben vino en las co- 
midas. 

Luisa Los barones son amigos nuestros. 

Red. (¡Demonio!) 

Pat. (Alejo, mira lo que hablas.) 

Red. No, le diré á usted; yo me he enterado de 

que no beben vino en las comidas, pero es 
por prescripción facultativa, ¿verdad? 

Pat. Claro. 

Red. El barón tiene el estómago perdido, pero es 

una excelentísima persona, ya lo creo. 
Luisa ¿Usted lo ha tratado? 

Red. No, pero me he enterado, y luego es uno de 

los títulos más preclaros, ¿verdad? 
Pat. Claro. 

Red. Y luego, la posición social que ocupa; por 

eso nosotros nos habíamos atrevido á pen- 
sar en su hijo Angel. 

Pat. Un buen muchacho. 

Red. Muy simpático. 

Pat . Y con la carrera diplomática terminada. 

Luisa Sí, sí, hay que casarla. 

Red. Claro está que no ha pasado de un pensa- 

miento, pero vamos, creo yo que no era 
mal negocio: ella aporta una buena dote; 
cincuenta mil duros; él un título ilustre y su 
posición. 

Luisa Veo que piensan ustedes muy bien. 

Pat , Lo malo es que no tenemos amistad con 
ellos, ni conocemos persona alguna que nos 
presente; vamos, esos primeros pasos nece- 
sarios... 

Luisa Sí, sí, comprendo. Una amiga por ejem- 
plo... es muy fácil. 

NicVEs (Que ha ido al foro.) Mira, papá, qué bonita es- 
tufa. 

Luisa Algo descuidada, pero tiene ejemplares ra- 
rísimos, ¿no la han visto ustedes? 



— 23 — 



Pat. No, no ,nos hemos atrevido. 

Luisa No faltaba más, pueden ustedes verla y 

puesto que tienen intención de adquirir el 

hotel... 

Red. Sí, la intención desde luego; ahora que pue- 

de ser que... vamos... consiste en... vamos .. 
Pat. Sí, vamos, vamos á verle. 

Luisa (Llamando.) Fermina. 
Fer Señora. 

Luisa Acompaña á los señores á la estufa. 
Pat. Con su permiso. 

Red. (a su mujer.) ¿Ves qué tarde más entretenida 
y más barata? (Mutis foro.) 



ESCENA IX 

LUISA, después ANGEL y FACUNDO, segunda izquierda 

Luisa Indudablemente los Redondo llevan razón; 

la chica es un buen partido y los barones, 
en cuanto se enteren que aporta cincuenta 
mil duros, verán el cielo abierto. Algo cala- 
vera es Angel, ¡pero el matrimonio!... ¡Oh, 
no hay nada como el matrimonio para arre- 
glarles la cabeza á los hombres! 

(Facundo y Angel saliendo.) 

Ang. ¡Delicioso! Si á mí me dejasen así las seño 

ras, sería feliz. 
Luisa ¡Angel!... Llega oportunamente. 
Ang. (saludando.) Señora... 

Luisa No sabe usted lo que me alegro verle. 
Ang. ¿De veras? (Aparte ) (¡Hasta las casadas! ¡es 

una desgracial) 
Luisa Sí, voy á hacerle á usted un favor de esos 

que no se olvidan nunca. 
Fac. ¡Hola, hola! / 

Ang. Cuente usted con mi agradecimiento por 

adelantado. 
Fac. Veamos, veamos. 

Luisa Un favor enorme, amigo Angel. 
Fac . Bueno, pero acaba, ¿qué es ello? 

Luisa Muy sencillo; que lo caso. , 
Ang. ¡¡En!! 
Fac. ¡¡Otro!! 



— 24 ~s 



Luisa Le he encontrado un partido excelente, una 
muchacha lindísima, cincuenta mil duros 
de dote, educada en Inglaterra, una verda- 
dera ganga. 

Ang. Apuesto algo á que la joven en cuestión, ha 

solicitado mi mano. ¡Es una desgracial 

Luisa ¡Desgracia... un casamiento ventajosísimo! 

Fac No, si para ti todos los casamientos son una 

felicidad, (saca el reloj.) Demonio, el tiempo 
corre que es un gusto y sentiría perder el 
tren; me quedan varios encargos que hacer, 
y... ¡Fermina, Fermina!... 

Fer. Señorito. 

Fac. Vaya usted por un coche, y deprisa, ¿eh? 

Fer. Enseguida. 

Luisa ¿Le has dicho á Amado dónde debe enviar- 
te el correo? 

Fac. Sí, á Iverdón, Suiza. Pero el caso es que 

Amado también se marcha. 
Luisa ¿Cómo? 

Fac . Calla, es verdad, que no te he dicho nada. 

Gracias á mí, se ha averiguado el paradero 

de Blanca. Está en Castro Urdíales. 
Luisa ¡En Castro Urdíales! Es raro. 
Ang. Como que está en Aran juez: recuerde usted 

que me lo ha dicho cuando hablábamos... 
Fac . (Este me estropea el plan.) ¿Le he dicho á 

usted en Aranjuez? 
Ang. Sí. 

Fac . Pues es en Castro-Urdiales; me equivocaría, 

como suenan casi igual: Castro-Urdiales 

Aranjuez. 
Luisa (Procuraré enterarme.) 
F e. Te advierto que después de todo, él es un 

ser insoportable, siempre celoso, espián- 

dola... 

Luisa . Siempre te has interesado mucho por Blan- 
ca... 

Fac. ¿Quién, yo? Vamos, si te oyese Amado, 

buena la teníamos; él que en todas partes 

ve un amante. 
Fer (saliendo ) El coche está en la puerta. 

Fac Llegó el instante, Luisa; un abrazo... ¡Ah, 

perdone usted; pero, ¡qué demonio! entre 

marido y mujer... 
Ang. Estoy acostumbrado. 



— 26 — 



Luisa Supongo que me escribirás todos los días. 
Fac. Te prometo no perder correo. Despídeme de 
los Palmadas... y hasta San Sebastián. 

ESCENA X 

DICHOS, FERMINA, BARÓN y BARONESA DE FUENTE SERENA 

Fer. (Anunciando.) El Barón y la Baronesa de 

Fuente Serena. 
Fac (a Angel.) ¡Sus papás de usted! 

BaRÓN (Entrando por la primera derecha. Estos dos persona- 

jes hablan despacio, escuchándose y con mucho énfa- 
sis.) ¡Qué calor! 

Aug. ¡Qué bochorno! . . ? 

Barón Madrid es inhabitable en el verano. 

Aug. Absolutamente inhabitable. Venimos á des- 

pedirnos. 

Luisa ¿Se van ustedes? 

Barón ¡Oh, sin duda! ¡En esta época es necesario! 

¡Los usos del mundo, las leyes de la socie- 
dad lo exigen! Vamos á los Pirineos, (a Fa- 
cundo.) ¿Usted, por lo visto, también? 

Fac. Sí, salgo para Suiza; tengo el carruaje en la 

puerta. 

Aug. ¡Oh, por nosotros no se detenga! 

Barón De ninguna manera. 
Fac. ¿Me acompaña usted, Angel? 

Ang. Sí, lo dejo en la estación y vuelvo. 

Fac. (Riendo.) ¡Ah! felicito á ustedes por el casa- 
miento de Angel. 

Ang. Un gran partido. (Riendo.) 

Fac. (Riendo.) El verdadero estado del hombre. 

VamOS. (Mutis primera derecha.) 

ESCENA XI 

DICHOS menos ANGEL y FACUNDO 

Barón ¿El casamiento de Angel? 
Luisa Sí. 

Aug. ¿De nuestro hijo? 



— 26 — 

Luisa Justo. 

Barón Cómo, ¿se trata del matrimonio de nuestro* 
hijo y nosotros no sabemos nada? 

Luisa ¡Oh, Dios mío, soy yo la culpable! casi sin. 

querer, he mediado en el asunto, y... Es 
una muchacha lindísima, educada en Ingla- 
terra, cincuenta mil duros de dote. 

Aug. ¡Cincuenta mil duros! Es una cantidad muy 

útil. 

Barón Bastante útil; ¿pero y la familia? 

Luisa Dignísima: el padre es un industrial que 
acaba de retirarse de los negocios con una 
gran fortuna. ¡Pero si deben ustedes cono- 
cerle! Vive en su misma casa; el señor Re- 
dondo. 

Aug. ¿Redondo? ¡Sí! Ya lo creo. ¡Es chocante! 

Barón Dispensa, Augusta. Sí, ya lo creo, es cho- 
cante. Precisamente, la Baronesa y yo soñá- 
bamos en ese matrimonio para Angel y nos 
preguntamos por qué medio podíamos en- 
trar en relaciones... 

Luisa ¿Sí? Entonces esto va á marchar admirable- 
mente. Precisamente, los señores de Redon- 
do están aquí, y voy á presentárselos. 

Barón Una presentación... en este traje... los uso& 
del mundo... las leyes de la sociedad... 

JL/UiSA ¡Bueno! Por una vez, dejaremos á un lado 
los usos y las leyes. Los Redondos no son 
gente de gran cumplido. Voy á avisarles.. 

(Va al foro y habla con Fermina.) 

Barón Séanlo ó no, el traje de etiqueta era de rigor. 

Aug. Absolutamente de rigor. 

Barón El mundo tiene sus exigencias, la sociedad 
tiene sus leyes. 

Aug. Tienes razón, Héctor, pero la dote es bas- 

tante considerable, y... 

Barón Sí, sí, arréglame el nudo de la corbata. (For- 
man grupo.) 

ESCENA XII 

DICHOS, REDONDO, SEÑORA é HIJA 

Rfd. ¿Nos llama usted? 

Luisa Sí, una cosa urgente. Tengo arreglado el ca~ 
, Sarniento de Nieves. 



— 27 — 



Nieves ¡Mi casamiento! 

Luisa Vete á visitar la pajarera: hay canarios pre- 
ciosos. 

Nieves (¡Y dale!) (Mutis foro.) 

Red. ¿Ha dicho usted que tiene arreglado el casa- 

miento de la niña? 
Luisa Sí. 

Pat. ¿Pero, con quién? 

Luisa Con Ángel: el hijo de los Barones de Fuen- 
te Serena. 
Red. ¡Nuestros vecinos! 

Pat. ¡Es posible! 

Luisa Ahí los tienen: van ustedes á tener una en- 
trevista. 
Pat. ¡Una entrevista! 

Red. ¡Pero así, de golpe y porrazo! 

Luisa Es necesario. 

Pat. Alejo, ven, ven que te arregle el nudo de la 
corbata. 

Luisa ¡Pobres Redondos! están atontados con la 
noticia. 

Pat. ¡Qué golpe, Alejo! 
Red. Ya me veo en el almanaque de Gotha. 

Luisa El señor y la señora de Redondo, (saluda el 
Barón.) Los Barones de Fuente Serena, (los 

Barones saludan haciendo una reverencia muy afecta- 
da. Redondo y su mujer le imitan. Los Barones repi- 
ten la reverencia. Alejo hace otras varias.) Siénten- 
se Ustedes. (Redondo sigue saludando.) 
PAT. (Sujetando á Redondo.) Basta, hombre. (Pausa. 

Se sientan todos.) 

Barón (a su esposa.) No debemos ser los primeros 

en hablar. 
Aug. De ningún modo, 

Pat. (a Redondo.) No debemos sor los primeros en 
hablar. 

Red. De ninguna manera. 

(Pausa, tosen, se vuelven á saludar.) 

Luisa Pero, por Dios, señores, parece que la pre- 
sentación les ha cortado el habla. 

Barón Esperábamos que aquí los señores de Re- 
dondo... 

Aug. Les corresponde lógicamente. 

Red. (¿Ves? por fiarme de ti .) 



28 — 



Pat. (Es que temo que digas una tontería.) 

Red. (¿Tontería? ahora verás.) Señores, la verdad, 

esto ha sido un escopetazo, y como el asun- 
to es de importancia, nosotros.,, nosotros... 

Barón (a Augusta ) Hablaré yo. Nosotros... 

Red. No, señor, nosotros. 

Barón Digo, que nosotros, por nuestra parte, tam- 
bién hemos sido sorprendidos con la noti- 
cia, gracias á nuestra excelente amiga Lui- 
sa, que ha tenido á bien encargarse de una 
misión tan delicada. 

Luisa Diga usted agradable. 

Aug. Agradable y delicada. 

Barón Dispensa, Augusta; delicada y agradable; 

pero tenemos la íntima persuasión (Tose.) 
de que nos será fácil entendernos. 

Red. (con naturalidad ) Sí, hombre, ya lo creo^ pre- 

cisamente, es un asunto tan fácil, que se 
despacha en un periquete. 

Pat. Periquete no es culto. 

Red. Vamos, quiero decir que se despacha con la 

Iglesia. (Me parece que más culto...) 

Barón ¡Sin embargo, antes de llegar á ese punto, 
es necesario concretar, fijar... El mundo tie- 
ne sus exigencias, la sociedad tiene sus le- 
yes... 

Luisa El señor Redondo no se atreve, sin duda, á 
indicarles que la novia, aunque nacida en 
humilde cuna, gracias a la laboriosidad de 
sus padres, puede aportar al casamiento una 
bonita suma. 

Red. Eso, eso; nosotros dotamos á nuestra hija 

en cincuenta mil duros. 

Aug. Lo sabemos. Nuestro hijo aporta... 

Barón Dispensa, Augusta. Nuestro hijo aporta su 
situación en la diplomacia, un título que 
creo haber llevado gloriosamente en las fun- 
ciones públicas que ocupa. Soy vocal de la 
Junta consultiva del monopolio de cerillas 
fosfóricas y visito con frecuencia al Presi- 
dente del Consejo... 

Pat. (a su marido ) ¡Visita al Presidente del Con- 

sejol 

Red. (Ya lo oigo.) Nosotros, cincuenta mil seis- 

cientos duros y nuestra honradez. 
Barón Dispensa, Augusta, digo, dispense usted, 



- 29 — 



señor Redondo. Puedo decir que gozo de 
una consideración... (Tose.) 
Aug. Y de una influencia... 

Barón Y de una influencia, que me atrevo á cali- 
ficar de... (Tose ) 
Aug. Considerables. 

Barón Considerables. En las altas esferas del Go- 
bierno, nada de lo que solicito se me niega. 

Pat. (a Redondo.) (¿Lo oyes? Este podía propor- 

cionarte una cruz.) 

Red. (Y me la proporcionará.) Pues bien, señoi 

Barón, nosotros, cincuenta y un mil duros, 
y nuestra honradez. 

Luisa Y además el troaseau. 

Barón Dejemos aparte las cuestiones de intereses. 
Aug. Lo principal es que se trata de una familia 

estimable. 
Red. Estimables sí somos. 

Barón Nada vulgar. 
Red. Nada. 

Aug. Relativamente distinguida, y que si hoy 

llegaron á la prosperidad... 
Red. No, ayer, ayer si llegamos. 

Aug. Bien, pero ha sido gracias á su trabajo. 

Red. Gracias. 

Luisa Vaya, veo que están ustedes de acuerdo. 

(Levantándose.) 

Barón Absolutamente de acuerdo. (ídem.) 

Luisa (a Patro.) Habrá que prevenir á Nieves; y 

nadie mejor que usted. (ídem.) 
Pat. Lleva usted razón: voy á buscarla. (Mutis 

foro.) 

Aug. ¡Ah! ¡Aquí está Angel! 



ESCENA XIII 

DICHOS y ANGEL, primera izquierda 



Ang. No ha querido que lo acompañe á la esta- 

ción. 

Barón Ven acá... ¿con que secretos para tu padre? 

Ang. ¡Secretos! 

Barón ¡Y de importancia! 



— 30 — 



Aug. Pero nos hemos enterado... (Aparte.) Y nos 

parece de perlas. 
Barón De perlas. (Alto.) Nos van á presentar á tu 

futura. 
Ang. A mi fu... 

Luisa Ks lo natural. 

Ang. ¡Ah! ¿Pero es en serio?.. Lo que digo, me 

agobian. 

PaT . (Entrando con Nieves.) Ven, hija mía. 

Luisa ¡Ah! ¡Ahí la tiene usted! 
Pat. Serenidad, y no te corles. 

Luisa La señorita Nieves Redondo. 

ANG. (Fijándose en ella.) ¡Nieves! 

Nieves ¡Angel! 

Ang. (a Luisa.) Excuse' usted presentarme; la se- 

ñorita me conoce. 
Todos ¡¡Cómo ! 
Nieves Sí, de Londres. 

Ang. Justo, tuve el gusto de saludarla en casa de 

nuestro amigo Mezcua. 
Barón ¡Ah! ¿el agregado? 

Ang. Si mal no recuerdo, en alguna de las re- 

' uniones que se dieron en la Embajada. 

Nieves En todas, y bailó usted conmigo. 

Luisa (Alegre.) Entonces esto es hecho; reciba usted 
mi doble felicitación. 

Ang. (con fatuidad.) ¡Qué mujer no conoceré yo! 

Red. (a Fatro.) ¡Le agrada! ¡le agrada! 

Luisa Entonces mientras los padres dan el ultimá- 
tum al asunto, demos nosotros un paseo por 
el jardín; quiero cogerle á la novia un ramo 
de flores y otro á usted. 

Ang. ¡A mí! (Estoy temiendo que se me declare 

también... ¡Es una desgracia!) 

Luisa Vamos. (Por el foro.) 

Ang. (Dándole ei brazo.) Miss Nieves: he kinal 

enough to favorn me vith yonr arm. 

Nieves Certa inly sir With. 

Barón Hacen buena pareja. 
, Red. A mí lo que me extraña es que se entiendan 

en esa jerga. 



ESCENA XIV 



BARÓN, AUGUSTA, PATROCINIO y REDONDO 

JBarón Todo se arregla maravillosamente. 

Red. (Frotándose las manos.) Maravillosamente; casi 

se pueden publicar las amonestaciones. 
Barón Y sin casi: la ceremonia tendrá efecto á 

nuestra vuelta de los Pirineos. 
Pat. ¡Ah! ¿se van ustedes? 

JSarón Sin duda. Madrid es inhabitable en el vera- 
no. Dentro de ocho días no queda aquí 
nadie. 

Aüg. Más que los porteros. 

Barón Y los guardias de Orden público. 

Red. Y no todos. 

Barón Lo que es para mí una familia que se queda 
en la Corte durante el* verano, no existe. 

(Pausa. Redondo y Patro se miran.) 

Aug. ¿Dónde van ustedes este año? 

Red. ¿Nosotros?... pues este año... 

Pat. Estamos indecisos entre la sierra ó la mar. 

Red. Pero seguramente será la mar. 

Barón Entonces me voy á permitir hacerles una 
recomendación. 

Red. Venga, venga. 

Barón ¿Conocen ustedes la Italia? 

Red. ¿La Italia? No, pero hemos oído hablar muy 

bien de ella, ¿verdad? 

Barón ¡Oh! visiten la Italia y á su vuelta me lo di- 
rán. Roma, la gran urbe católica que acari- 
cia el Tiber. 

Red. También hemos oído hablar muy bien del 

Tiber, ¿verdad? 

Barón Roma, la ciudad Imperial, llena de recuer- 
dos... ¡Las catacumbas!... el Coliseo... ¿ha- 
brán ustedes oído hablar de él? 

Red. Del Coliseo Imperial... sí, mucho. 

Barón Verona, la ciudad de ios amantes; Nápoles, 
la ciudad del golfo; Venecia... 

Red. La ciudad del Mercader, (a su mujer.) (¡Eh! 

¿y esta observacioncita?) 

Barón ¡Qué originalidad en Venecia! Tiene el mar 
por pavimento: las calles son canales, agua 



s 32 — 



Red. 
Barón 



Red. 

Barón 

Aug. 
Barón 

Eed. 
Pat. 
Red. 

Barón 

Red. 

Barón 



por todas partes, góndolas por todas partes.. 

Eso no se ve en todas partes. 

Nada, nada; visiten la Italia y escríbanme: 

el viaje es baratísimo: un billete circular y 

ocho ó diez mil liras: eso es todo. 

¡Oh, por lira más órnenos!... Nunca nos han 

dolido las liras á nosotros. 

Bien; nosotros, con su permiso, tenemos que 

retirarnos. 

Con esto del viaje, apenas si tenemos tiempo- 
Vamos por Angel y á despedirnos de Luisa.. 
¿Vienen ustedes? 
Sí. 

(Aparte.) Quédate: tenemos que hablar. 

(Al Barón, que le invita á pasar.) No, Ustedes pri- 
mero. 

Nosotros no podemos... 

¿No?... ni nosotros... 

Bien; con su permiso. (Mutis foro.) 



ESCENA XV 



PATROCINIO y REDONDO 



Pat. Ya has oído al Barón: para él una familia 

que se quede en Madrid durante el verano, 
no existe: supongo que querrás existir para 
él. 

Rrd. a Para él y para mí. 

Pat. Es necesario que salgamos este verano; lo 

exige el porvenir de nuestra hija. Ya ves, 
Baronesa de Fuente-Serena. 

Red. ¿Y dónde vamos á ir? 

Pat. A Italia, la gran urbe católica, asiento del 

Papa .. agua por todas partes... 

Red. ¡Y cinco ó seis mil liras!... ¡de ninguna ma- 

nera! La dote que damos á Nieves hace una 
gran mella en nuestra fortuna. Hay que 
ahorrar. 

Pat. De manera que eres capaz de exponerte y 

exponer á nuestra hija á un ridículo, que- 
dándonos en Madrid. 

Red. Tanto como quedarnos, no digo... pero, en 

fin, buscaremos un punto barato, donde na- 
die nos conozca; en Fuencarral hay unas 



- 3 i ~ 



casas muy monas y están las hortalizas ba- 
ratísimas... 

Pat. Alejo... ¿pero serás capaz de llevarnos á 

Fuencarral? 

Red. ¡Ah! ¿te parece cerca?... Pues hay una bue- 

na tirada en coche, y es carretera de Fran- 
cia... y, en fin, si no te agrada Fuencarral, 
podemos elegir otro punto... ¡Ah, mira^ aquí 
hay un indicador: tal vez éste nos dé la so- 
lución! (Abre.) «Baños de mar en el Sardine- 
ro: Hoteles confortables: habitaciones desde 
veinte pesetas en adelante...» Esto debe ser 
aburridísimo y además creo que llueve mu- 
cho. ¡ Hombre I Esto sí creo que... fíjate 
«Real sitio. Aran juez: gran fonda del Co- 
mercio: hospedaje desde cinco pesetas.» Esto 
es lo que nos conviene. 

Pat. Pero, nombre, si en Aran juez hace un calor 

horrible. 

Red. ¿Quién te lo ha dicho? ¡En Aranjuez calor! 

La ciudad del Tajo, la ciudad de los espá- 
rragos, de los jardines... 

Pat. Sí, la ciudad de lo que quieras, pero se aho- 

gan los pájaros. 

Red. Y dale con que hace calor en Aranjuez. ¿No 

te acuerdas de Felipe, aquel dependiente 
nuestro, que murió allí de pulmonía? Ade- 
más, podemos pasear en barca por el río. 
No creo que ningún canal de Venecia pue- 
da competir con el Tajo; y diciéndole al Ba- 
rón que nos vamos á Italia... 

Pat. Justo: y si á Angel se le ocurre hacernos una 

visita, que además será lo más probable... 

Red. Ultimamente, se le da una disculpa. Un 

asunto, una desgracia de familia.. 

Pat. El que es la desgrac ; a de una familia eres 

tú. (Empiezan á subir de tono y terminan gritando 
como anteriormente.) 

Red. ¿Yo, yo la desgracia de una familia? 

Pat. Sí, tú, y además un hombre oscuro. 

Red. ¿Yo oscuro? 

Pat. Sí, tú. 

Red. Pues bien; hemos acabado. 

Pat. Hemos acabado. 

Red. Y ahora mismo me voy. 

Pat. Y yo también. 

3 



— 34 — 



ESCENA ULTIMA 

ALEJO, PATROCINIO, BARÓN, AUGUSTA, ANGEL y NIEVES; al 
final FERMINA v los SEÑORES DE PALMADA 



Luisa ¿Pero qué es eso, que les ocurra? 
Red. Nada, la emoción, la... 

Pat. La alegría... 

Red. Como vamos á perder nuestra única hija... 

Pat. Y este se ha retirado ya de los negocios... 

Barón (a Angel.) Pero es que hoy caminamos de 
sorpresa en sorpresa. Te destinan á Stokol- 
mo y no nos dices nada hasta ahora. 

Red. ¡Cómo! ¿se marcha á Stokolmo? 

Pat. ¡Irse á América'... ¡ahoraí Es un golpe te- 

rrible. 

Barón Oh, no, tranquilícense ustedes: de Stokolmo 
se vuelve: en las altas esferas gubernamen- 
tales no me pueden negar nada, y quiere 
decirse que al mismo tiempo que regresa- 
mos unos y otros del veraneo, Angel estará 
de vuelta también; yo conseguiré la licencia 
necesaria. Esto no entorpece en nada lo 
pactado: una ausencia que avivará el fuego 
que sienten los chicos. 

Red. (Aparte á su mujer.) Y un gasto menos, porque 

ahora podemos ir á Aranjuez sin ningún 
miedo . 

Fer. Los señores de Palmada. 

Sra. Palm. ¡Qué calor! 

Sr. Palm. ¡Qué bochorno! 

Sra. Palm. Madrid es inhabitable en el verano. 

R.d. Para mí una familia que no sale en el vera- 

no, no existe. 

Pat. ¡Hipócrita! 

Luisa ¿Venís á buscarme? 

Sra. Palm. Sí, la hora se acerca; el tren no espera. 

Euisa Cuando queráis. Fermina, el guardapolvo, 
el sombrero. Vamos, dése prisa, 

-Sr. Palm. Andando. 

Todos Andando. 

Barón Nosotros á los Pirineos. 

Luisa Nosotros á San Sebastián. 

Ang. Yo á Stokolmo. = . . j 



— 35 — 



Barón ¿Y usted, señor Redondo se ha decidido al 
fin? 

Red. Sí, señor Barón. 

Barón ¿Y á dónde? 

Red. Aran... Aran... á la... á la Italia. 

Barón Me alegro: ¿me escribirá usted? 

Red. Se lo prometo 

43r. Palm. Vamos, vamos... Hasta la vista. (Todos hablan 

á un tiempo. Abrazos, apretones de manos, frases 

como Buen viaje. Divertirse mucho. Que es- 
cribáis, etc., etc.) 



FIN del acto primero 



iJUtRJLKlLJLIUUÜRJL^ WCJR JÍJLHJUPlJlX 



ACTO SEGUNDO 



: Sala en una fonda de Aranjuez. A la derecha del actor, dos puertas 
señaladas con los números 6 y 8. A la izquierda, otras dos con los 
números 7 y 9. En el fondo, pasillo, siendo practicables ambos 
lados, y en el centro del telón pasillo una ventana. En el centro 
de la escena una gran mesa con tapete y recado de escribir. En 
el centro de la mesa un florero grande con un ramo. En las 
paredes, anuncios de ferrocarriles, un cartel de toros y otros pro- 
pios de hotel. Muebles adecuados. 



ESCENA PRIMERA 

VICENTA y MARCELO. Son dos criados de la fonda. Al levantar- 
se el telón, Vicenta está mirando por el ojo de la cerradura del 
cuarto número 7, y Marcelo tiene cuidado de que no la sorprenda 

Mar. ¿Qué? ¿se han quitao los velos? 

Vic . La chica sí, y es muy mona. 

M^r. Déjame ver... (Mirando,) ¡Vaya si es apetitosa! 

Vic . A ver si te cogen. 

Mar. (Mirando.) No, pues el aspecto que tienen no 

es de criminales. 

Vic . Ya sabes que esta gente engaña. 

Mar. tíí que es raro. No salen más que por la no- 

che, y cuando lo hacen, se colocan, ellas 
unos velos espesos, él una bufanda y unas 
gafas negras. ¡Con el calor que hace!... ¡Si 
se deben cocer! 



— 38 — 



Vic. Como que no hay quien me quite de la ca- 

beza que esta gente se oculta de algo. 

Mar. Yo me leo la prensa todos los días, esperan- 
do encontrarme sus nombres complicados 
en algún desaguisao. ¿El no es don Severo 
Mondragón? 

Vic . Así está sentado en el libro de la fonda: la 

familia Mondragón. 

(En este momento, Redondo abre la puerta, ve los 
criados y vuelve á cerrarla.) 

Mar. ¿Eh? Me pareció que salían, (suena un timbre.) 

Vic. Están llamando; te digo que si se me arre- 

gla la colocación en Madrid, me voy más 
que á escape. Es mucho trabajo el de una 
fonda. 

Mar. ¿Es buena colocación? 
Vic . Creo que es un título, y una casa muy tran 

quila... 

Mar. Oye, acuérdate de mí. 

VlC . Ya veremos. (Mutis los dos por el foro, derecha del 

actor.) 



ESCENA II 

REDONDO, PATRO y NIEVES. Salen del cuarto número 7 con 
grandes precauciones 



Red. ¡No pisar tan fuerte, caramba! 

Pat. ¡Pero, Alejo, por Dios!... Nos tienes fritas! 

Red. ¡Y dale con Alejo! ¡No te olvides que aquí 

soy Severo. 
Pat. Demasiado. 

Red. Severo Mondragón: somos la familia de los 

Mondragones; es una precaución muy acer- 
tada. El día de mañaña pudiera saberse que 
en lugar de ir á Italia hemos venido á Aran- 
juez, y figúrate la plancha ante los Barones. 

Pat. Pero es que tu tacañería nos ha condenado 

á régimen celular. Todo el día metidos en 
el cuarto y jugando al tresillo. 

Red ¡Patro, no nos recriminemos! ¡Lo hecho, he- 

cho está! Además, exageráis al hablar del 
régimen; hemos gozado del fresco muchas 



— 39 — 



noches, por cierto que están bien hermosas 
en estas latitudes, y hasta hemos engorda- 
do con ia vida tranquila. Tú estás más llena. 
Pat. Más llena de indignación cada día. ¿Pero tú 

llamas gozar del fresco á salir envueltos en 
unas bufandas, que parece que estamos en 
el Polo Norte? 

Red. Otra precaución indispensable. Podría co- 

nocernos alguien. 

Nieves ¡Papá, esto es inicuo! ¡Y pensar que por 
ahorrarse unos miserables miles estamos 
aquí pasando vergüenzas!... en lugar de re- 
correr la patria del Dante y de Petrarca... 
de la Fornarina... 

Red. No nos recriminemos. Además, esta es la 

patria de una porción de gente. 

Nieves Hasta los mismos compañeros de fonda nos 
miran con cierta desconfianza; los criados 
cuchichean... 

Red. Mejor, esa desconfianza nos proporciona la 

ventaja de que no intenten trabar amistad. 
Pat. Alejo... 

Rtn. ¡Y dale con Alejo!... Severo... 

Pat. ' Pues bien, Severo, eres una fiera. 

RED. ¿Yo? ¿Yo Una fiera? (Van subiendo de tono hasta 

regañar como siempre.) 

Nieves ¡Y un padre desnaturalizado! 

Red. ¿Yo desnaturalizado?... cuando esto lo hago 

por tu felicidad... Hemos acabado. Ahora 
mismo pido la cuenta y nos vamos á Ma- 
drid, y suceda lo que suceda. 

Pat. De lo cual serás tú solo el culpable. 

Red. Vosotras. 

Pat j 

Nieves í ¡Tú! ( Alzand0 la voz -) 

RED. Vosotras. (Más fuerte.) 

Pat \ 

Nieves i ¡Tú! ( si e uen chillando.) 

Red. ¿Os parece bien? ¡Un escándalo en Venecia! 

Pat. ¿En Venecia? 

Red. Sí, señor, en Venecia, porque no olvidéis 

que aunque estamos en Aranjuez, para los 
Barones salimos ayer de Verona con direc- 
ción á Venecia: que hemos recorrido Turín 
y Milán, y que solo nos falta Roma: ese es 
nuestro itinerario. 



— 40 ~ 

Pat. Ese es el tuyo. Además, debes decirle que 

nos tienes todo el día jugando al tresillo. 

Red. Patro... no nos recriminemos; hoy necesito 

más tranquilidad que nunca. Voy á escri- 
birle al Barón desde Venecia; necesito poe- 
tizar... los canales... ¡agua por todas partes! 
Debo empaparme bien de Venecia. 

Nieves Yo creo que debes anunciarle nuestro re- 
greso á Madrid. 

Red. ¿A Madrid sin ver Roma, la gran urbe cató- 

lica, asiento del Papa?... Nunca; acordaos 
que nos lo recomendó. Yo no desisto de 
Roma de ningún modo. Ultimamente me 
voy solo... es decir .. supongo que me voy. 

Pat. (a Nieves.) Pues si nos recomienda que de- 

mos la vuelta al mundo, nos entierran aquí. 

Red. A propósito, ¿cómo se llamaba nuestro an- 

tiguo corresponsal en Venecia; era Floren- 
cio Guidetti, verdad? 

Nieves Creo que era Gabriel. 

Red. Sí, es verdad, Florencio era el de Civitta 

Vechia. Gracias á nuestro antiguo comercio, 
el Barón recibe las cartas desde los puntos 
fechados, de modo que no dejan lugar á 
duda. Ahora le escribiré á Guidetti para 
que reexpida la del Barón desde Venecia: 
pondré fecha desde pasado mañana. 

Pat. ¿Y qué hacemos nosotros? 

Red. Mientras escribo, podéis darle otro repaso 

al Manual de la conversación italiana; es ne- 
cesario que á nuestro regreso intercalemos 
en la conversación frases algo italianas; lo 
más corriente; por ejemplo: ¿Come state, sig- 
nar a °é 

Nieves Ya oene, signore. 

Rhd. Muy bien; pronuncias correctamente. ¡Cuán- 

tos italianos habrá que no hablen así su 
lengua! (a Patro.) ¿E voi madamigdella ó sig- 
norina f 

Pat. Perfettamenie .. vi ringrazio. 

Red. Mal, muy mal: no es eso. Pronuncias como 

un carretero. 
Pat. Alejo, mira lo que dices, 

Ree>. Sí, señor; como un carretero italiano; ¡eres 

imposible! (igual efecto que antes.) 

Pat. ¡Y tú, inaguantable! 



— 41 — 



Red. Eres dura. 

Pat. Y tú oscuro. 

Red. ¿Yo? ¿Oscuro yo?... Hemos acabado. Ahora 

mismo pido la cuenta. 
Pat. A mí Prim. 

Red. Patro, por Dios, no digas eso; cuando te se 

ocurra esa exclamación, dices: ¡A mí, Ga- 

ribaldi!, que es más italiano. 
Pat. ¿Sabes lo que te digo?... que has conseguido 

que me harte de Italia sin verla. 
Red . Y yo de tus recriminaciones, y esto tiene un 

término. 
Pat. El que quieras. 

Red. ¡PatroJ j 

Pat. ¡Alejo! ; (igual efecto y mayor escándalo.) 

Nieves ¡Papá! \ 



ESCENA III 

DICHOS, FACUNDO, por el foro derecha; al final, VICENTA, ídem 

Fac. (Entrando.) ¡Hola! ¿En amor y compañía, 

verdad? 

Red. (Transición.) Sí, en compañía, sí, y en amor 
también. La familia, digan lo que quieran 
los detractores de ella, es un encanto. ¿Ver- 
dad, monísima? (Haciendo á Patro una caricia.) 

Pat. (Disimulando ) Sobre todo con un esposo como 

éste. 

Red . Aquí el amigo Villalba no tiene la suerte de 

gozar de estas delicias. Según me ha dicho, 

se mantiene soltero. 
Fac. Sí, yo no he tenido la suerte de rodearme 

de una familia tan encantadora como la del 

señor Monistrol. 
Red . Favor que usted las hace. 

Pat. (a Redondo.) (¡Cualquiera es más galante que 

tú!) 

Red. (Aparte.) (Mujer, no vayamos á dar otro es- 

pectáculo.) Conque entrad en vuestra habi- 
tación, que en seguida que escriba daremos 
una vuelta; me acompañaréis hasta el Co- 
rreo... 

Nieves (saluda.) Servidora de usted. 



~- 42 — 



Fac. A sus pies, señorita, 

Pat. Muy buenas, (vanse.) 

Fac. Servidor. 



ESCENA IV 

FACUNDO y REDONDO 

Red, Y qué, ¿se viene de dar un paseo? 

Fac. Sí, vengo de hacer unas indagaciones: una 

persona que ando buscando. Con su permi- 
so, voy á escribir cuatro letras. 

Red . Yo también voy á contestarle á un amigo. 

Soy tan perezoso... Con su permiso. 

FAC. Igual le digo. (Se sienta cada uno al lado de la 

mesa. Con el ramo que hay sobre la misma no se ven 

las caras. ) Hace dos días que no le escribo á 
Luisa, y es capaz de plantarse en Iverdón. 
Red . (cogiendo la pluma.) Preparémonos para poe- 

tizar. 

Fac. (Escribe.) «lverdón, veinticuatro de Septiem- 

bre.» 

Red. (ídem.) «Venecia, veinticuatro de Septiem- 
bre.» 

Fac «Querida Luisa.» 

Red. «Querido Barón y respetable procer: Acaba- 

mos de llegar á la ciudad de los Dogos. Con 
objeto de no perder el tiempo, le escribo á 
usted desde mi góndola, mecida por las 
aguas; ¡qué riqueza de aguas, señor Barón!» 

Fac. «Desde el chalet de Schwarenbach, á dos 

mil setecientos metros sobre el nivel del 
mar, te escribo estas líneas.» 

Red. «Nos deslizamos en silencio por el Gran Ca- 

nal, ¡mudos por la emoción! Esto es un ca- 
nal, señor Barón, y lo demás es música.» 

Fac. «Estoy presenciando un hermoso espec- 

táculo, la salida del sol; quisiera que presen- 
ciases cómo sale aquí el sol. El que ve aquí 
un amanecer, no vuelve á levantarse tarde 
en su vida. 

Red. «¡Cuánta majestad, señor Barón!» 

Fac «¡Cuánta majestad, querida Luisa!» (se oy& 

dentro una voz que pregona:) 

«Pericos de Aranjuez.» 



— 43 — 

Red. «Oigo á lo lejos el canto de los gondoleros.» 

Fac. «Los pájaros saludan con su canto al astro 

del día.» (Se oye la campana del comedor de la 
fonda.) 

Red . « Y la campana de San Marcos que llena el 

aire de melancólicos sonidos.» 

Fac. «Y la campana de la iglesia llama á los fieles 

con eco dulcísimo.» 

Red . Me parece que esto tiene color local. 

Fac. Me está saliendo de lo más suizo posible, 

pero me falta algo... ¡Ah! Ya Jo tengo, (coge 
del ramo un pensamiento.) «Te envío este pensa- 
miento que acabo de cortar para ti en el 
fondo de un abismo, á quinientos metros de 
profundidad.» 

Red. (Dándose una palmada en la frente.") ¡Qué pensa- 

miento tan profundo! Esto le va á gustar. 
«En fin, señor Barón, Venecia es una ciudad 
anfibia y semilíquida, que reparte sus cari- 
cias < ntre el agua y la tierra.» 

Fac «Tiene grandes deseos de verte, Facundo.» 

Red. «Hasta nuestra vista, ó á rive&ersi, mió caro 

Barone, Alejo.» 

Fac (Ya no me queda más que enviarla á Iver- 

dón á un amigo mío, que la reexpedirá á 
mi mujer.) 

Red. (Esta se la envío al corresponsal con dos lí- 

neas, y hecho.) 

Fac ¿Acabó USted? (Se levanta.) 

Red. Sí, le doy mis excusas y le recuerdo lo pere 

zoso que soy para escribir. 

Vía (Entrando.) ¡Señor Villalba, señor Villalba! 

Fac (síu acordarse.) ¿Es á usted? 

Red. No, á usted; yo soy Redondo. 

Fac ¿Cómo Redondo? Mondragón. 

Red. ¡Sí es verdad! No me acordaba. Estaba pen- 

sando en mi primo Redondo... y mi tío Re- 
dondo... pero yo soy Mondragón. 

Fac (Aparte.) Ya no me acordaba que yo era Vi- 

llalba. (Á Vicenta.) ¿Qué hay? 

Vic ¿Cómo dice usted que se llamaba la seño- 

ra esa? 

Fac (Aparte.) Josefa Rodríguez, y la joven que 

debe vivir con ella, Blanca. 

Vic. Pues descuide usté, que esta tarde me ente- 

raré. 



— 44 — 



Fac. Ya sabes que te he ofrecido una buena pro- 

pina. (Á Alejo.) Vaya, hasta luego, Mon- 
dragón. 

Red. ¡Chis!.,. ¡Villalba... un minuto! 

Fac. ¿Quería usted algo? 

Red, . Usted que conoce más la casa, ¿esta criada 

es de fiar? 
Fac. Muy buena persona. 

Red. Parece demasiado entrometida. Ya la he co- 

gido dos veces mirando por el ojo de la ce 
rradura de nuestro cuarto y... 

Fac. Estaría limpiando. Le repito que es buena 

persona y puede usted confiar en ella. Vaya, 
hasta luego. 

Red. AdiÓS. (Hacen mutis Vicenta y Facundo foro derecha,) 



ESCENA V 

REDONDO, PATRO y NIEVES 
Red . (Se dirige al cuarto, llama y asomando la cabeza dice:) 

tacaros la bufanda* los velos y las gafas. 
Pat. (saliendo.) ¿Has acabado ya? 

Red . Sí, vamos á gozar del fresco . 

Pat. Vamos á sudar, dirás mejor. 

Red. Patro, que no quiero recriminaciones; anda, 

ponte el velo y tú también. Dame á mí las 

gafas y la bufanda. (Poniéndoselas.) ¡Ajajá! 

Después de echar la carta, nos iremos por la 
ribera del Tajo; es un paseo delicioso. Nos 
deslizaremos en silencio, mudos por la emo- 
ción... 

Nieves Pero ten en cuenta que hasta ahora no he- 
mos visto nada absolutamente del pueblo; 
ni los jardines, ni el palacio. 

Red. Pero, ¿qué tiene que ver el palacio? Un ca- 

serón deshabitado, sin una mala estera, me- 
dio hundiéndose, las paredes y nada más 
que las paredes. Lo arruinó un terremoto. 

Nieves Pero los jardines... 

Red . Cuatro macizos de bónibus y tres álamos vie- 

jos. Los destruyó un incendio. 

Pat. (á su hija.) Sí, hija, sí; según tu padre, son 

mucho mejor las Cambroneras. 



— 45 — 



Red. Por lo menos son típicas; recuerdan el Ma- 

drid viejo. 

PaT. ¡Tú sí que estás hecho un viejo insopor- 

table! 



ESCENA VI 

DICHOS. Se oye dentro la voz de MARCELO, que grita. ANGEL y 
VICENTA, con una maleta 



Mar. (Desde dentro.) Al número ocho, señor de Ga- 
rrido, (Entra Angel, seguido de Vicenta, y al mismo 
tiempo salen Redondo, Patro y Nieves ) 

Vic. Por aquí. 

Ang. ¡Gracias á Dios! 

Red. ¡Angel! ) 

PAT. ¡Tu novio! ! (Á un tiempo.) 

Nieves ¡El! ) 

(Corren y se meten en el cuarto y cierran.) 

Ang. i á Vicenta.) ¿Qué les sucede á esa gente? 

Vic. ¡Qué sé yo! ¡Estos señores de Monistrol son 

tan raros!... Parece que han hecho voto de 
que no les vea nadie. 

Ang. Bien; deja la maleta en mi cuarto y sal en 

seguida, que tengo que hacerte un encargo. 
(Vicenta entra en el ocho.) Heme aquí en el Real 
Sitio: mis padres y mi prometida me creerán 
en Stokolmo embargado por las tareas di- 
plomáticas ó venciendo corazones. Sin em- 
bargo, he logrado una prórroga, y me apro- 
vecho de ella para acabar de una vez con esa 
virtud. ¡Es raro! Ninguna mujer se me ha 
resistido, y esa Blanca, con sus desvíos, ha 
picado mi amor propio. Es la primera, me- 
jor dicho, la única mujer que se me ha tor- 
cido. ¡Ah!... pero caerá, y... ¿quién sabe si su 
huida obedece á eso pr^ cisamente? Claro, se 
vería desfallecer, no tendría ya fuerzas para 
negarse y puso tierra por medio. Pero le ha 
salido mal la cuenta. Hasta ahora me se- 
guían á mí las mujeres; justo es que una vez 
las siga yo á ellas. 

Vic. (Saliendo.) Ya tiene usted todo arreglado. 

Ang. Está bien: ahora vas á procurar enterarte 

dónde vive una tal Josefa Rodríguez... 



- 46 — 



Vic. ¿Que tiene una sobrina que se llama Blanca? 

Ang. ¡Exacto! ¿pero cómo tú sabes?... 

Vic. Esta tarde lo sabré todo y se lo diré al se- 
ñorito. 

Ang. Bien. 

Vic. ¿El nombre del señorito por si preguntasen? 

Ang. Angel... digo, no; Luis Garrido. (Entrando en 

su cuarto.) 

Vic. (Haciendo mutis.) ¡Es extraño! Ninguno sabe 

CÓmo se llama así al pronto. (Mutis foro dere- 
cha.) 



ESCENA VII 

REDONDO, PATRO y NIEVES 

Sülen con cuidado. La escena la han de llevar á media voz, subiendo 
de tono cuando el diálogo lo indique 

Hed. (Asomándose.) Sí, lia debido entrar en su 

cuaito. 

Pat. Anda, pide la cuenta y vámonos; no hay 

otra solución. 

Nieves Si se enterase de que estamos aquí... \qué 
ridículo! 

Pat. ¡Y adiós matrimonio! Y todo por culpa de 

tu padre. 

Bed. ¡Ah! ¿Tengo yo la culpa de que haya veni- 

do cuando le creíamos en Stokolmo? 
Pat. Se habrá enterado tal vez. 

Bed. ¿Pero por quién?... 

Pat. ¡Qué sé yo!... una persona que nos vió en la 

estación... una amiga indiscreta... ¡vaya us- 
ted á saber!... 

Bed . ¿Ves?... Si hubiésemos salido de Madrid con 

gafas y velos... 

Nieves Pero, papá, ¿también en Madrid? 

Bed. Basta, basta; no es momento de recrimina- 

ciones; á pagar y á... á .. ¿dónde vamos? 

Pat. Eso; ¿dónde? 

Ked, ¡Ah, sí! Aquí en Ciempozuelos hay casas 

muy baratas y dicen que se come admira- 
blemente. 

-Pat. ¡Ciempozuelos!... ¡Un pueblo de veinte per-, 

sonas!... 



— 47 — 



TRed. No, no tan pueblo. ¡Ciempozuelos! ¡Ciempo- 
zuelos!... (Exagerando el ciem.) Además, tiene es- 
tación de ferrocarril y colegio de niños, y 
estanco... ¡y unos alrededores! 

Pat. Alejo, tú te has propuesto matarnos. 

Red . Pues no hay otra solución: Ciempozuelos ó 

Madrid. 

Nieves Prefiero Madrid. 

Pat. Y yo. 

Red . Pero es necesario justificarlo. ¡Ah! ya caigo: 

decimos que hemos anticipado el viaje por... 
una enfermedad tuya. 

Pat. Y no mientes, porque yo voy á reventar... se 

me va á revolver la sangre... y me va á bro- 
tar cualquier cosa. 

Red, Ya te buscaremos una enfermedad de esas 

que al principio son muy alarmantes y lue- 
go no son nada. Una pulmonía doble, por 
ejemplo. 

Pat. ¡Una pulmonía doble! 

Red. Sí, que creímos que era doble y luego resul- 

tó sencilla. Con tal de que los primeros días 
tosas algo... procura tomar frío... quítate la 
camiseta. 

Pat. ¡Ay, Alejo... Alejo!... en qué compromisos 

nos pone tu tacañería. 

"Red. Por Dios, Patro, nada de recriminaciones y 

á salir del apuro. Ah, mira, de paso que nos 
vamos, compraremos para el Barón uno de 
esos relojes de pared pequeñitos que vimos 
el otro día: son muy raros y muy baratos: 
cuatro pesetas; pero como lo que tiene im- 
portancia es el recuerdo .. la intención... 
Pat. ¿Pero de Italia vas á traer un reloj de pared? 

Red. Son rarísimos, de madera calada con su 

pendolita... y sus pesitas... yo no los he vis- 
to más que aquí y tienen un gran surtido. 
Además, llevaremos un aristón, eso es de 
un sabor local tremendo... ya sabes que Ita- 
lia es el país de la música por excelencia... 
Beethoven... Wagner... 

"Nieves Parece que viene gente. 
Red . Adentro, á concluir de arreglar la maleta y 

á Madrid. 

Pat. Sí, á Madrid, y allí me las pagarás todas 

juntas. (Mutis, á su cuarto.) . 



— 48 — 



ESCENA VIII 

FACUNDO, voz dentro de MARCELO, VICENTA y LUISA 

Fac. (Entrando foro derecha.) ¡Ea! ¡ya eché la cartaí 

Ahora veremos si la criada ha averiguado 
mi encargo, y á disponer mi plan de ba- 
talla. 

(Se oye dentro la voz de Marcelo que dice:) 

Mar. Número 6. Señora de Ramírez. 

Fac ¡Hombre, una mujer! 

VlC. (Entrando seguida de Luisa.) ¡Por aquí! 

Fac. ¡La mía! (Entrando corriendo en su cuarto.) 

Luisa ¿Por qué corre ese caballero? 

Vic. ¡Qué sé yo! Se habrá contagiado de los- 

Mondragón. Hoy es día de carreras. 
Luisa Entre usted la maleta en mi cuarto y dígale 

á ese joven que se ha quedado fuera, que 

pase. 

VlC. Está bien. (Medio mutis.) 

Luisa ¡Ah, un momento! ¿Sabe usted si hay en la 
fonda algún huésped que se llame don Fa- 
cundo Cañizares? 

Vic. ¿Cañizares? (Recordando.) ¡Cañizares!... Espere 

usted. Aquí tenemos Garrido, Villalba, Los 
Mondragones... Arriba tenemos los Carri- 
llos... Abajo tenemos Laíuente y en el pasi- 
llo... ¿qué es lo que tenemos en el pasillo?... . 
¡ah, sí, las esteras!... Ese apellido no le hay. 

Luisa Bien, vaya usted. 

(Hace mutis Vicenta por el cuarto número 6, volvien- 
do á salir por el foro.) 

ESCENA IX 

LUISA; después AMADO y VICENTA 

Luís* ¡Ah, seductor! ¿Conque á Iverdón? No en 
vano sospechaba de su conducta; pero á mí 
no se me puede engañar como á ese pobre 
Amado. A una mujer celosa de su honor, 
no se le escapa el más pequeño detalle. 
Cuando me escribió el marido contándome 



— 49 — 

su odisea en Castro-Urdiales lo adiviné todo. 

Cañizares estaba aquí; Blanca estaba aquí; 

Angel había dicho la verdad, y ese monstruo 

está á punto de sufrir su castigo. 
Ama. (Entrando.) ¿Se puede? 

Luisa Pase usted, Amado. 
Vic . ¿El señorito no desea habitación? 

Luisa No, se marcha en seguida, (Mutis de Vicenta.) 
Ama. Por fin, señora, ¿podré saber?... 

Luisa ¿Por qué le he hecho venir hasta aquí? Muy 

sencillo; (con ironía.) porque mi esposo me 

ha enterado fijamente del paradero de 

Blanca. 

Ama. ¡Ah! ¿pero don Facundo ha seguido hacien- 

do averiguaciones? ¡Alma generosa!... ¡Alma 
grandel 

Luisa ¡Muy grande! . 

Ama. Ni aun en los momentos de descanso, cuan- 

do su laringe reclamaba una completa tran- 
quilidad ha dejado de pensar en la situación 
de su desgraciado secretario: ¡alma sublime! 
¡alma de Dios! 

Luisa Bien, dejemos las sublimidades y vamos al 
asunto: ¿usted no recuerda si su mujer tenía 
aquí parientes? 

Ama. ¿Parientes?... ¡Ah! sí, recuerdo vagamente 

que me habló de una tía suya, lejana, pero 
tía; y hasta creo que alguna vez que otra le 
escribía. 

Luisa ¿Recuerda usted cómo se llamaba? 

Ama. Se llamaba... se llamaba... ¡Ah, esa mujer 

se ha llevado con mis ilusiones mi memo- 
ria... 

Luisa Vamos, tranquilícese y recuerde. Aran juez 
no tiene muchos vecinos y sería fácil... 

Ama. (Recordando.) Sí, justo, Josefa; el apellido es 

el que no recuerdo. 

Luisa No importa. (Toca un timbre.) 

Ama. ¿Cómo pagarle á usted el interés que de- 

muestra por esta víctima: ¡alma heroica! 

Vic. (Entrando.) ¿Llamaban? 

Luisa Sí. ¿Conoce usted por casualidad en el pue- 
blo á una mujer llamada Josefa? 

Vic . (continuando.) Rodríguez, ¿que tiene una so- 

brina que se llama Blanca? 

Ama. (Dando un grito.) ¡Ah! 



4 



- 60 — 



Vic. 
Luisa 



Vic 

Luisa 

Vic. 

Luisa 
Ama. 



Luisa 
Ama. 



Luisa 
Ama. 

Luisa 

Ama. 

Luisa 

Ama. 
Luisa 



Ama. 



Luisa 



Ama. 

Luisa 



Ama. 



¿Qué le pasa al señorito? 
No, nada, (a Amado.) Es necesario que se do- 
mine usted si quiere conseguir su deseo. 
(a Vicenta.) ¿De modo que sabe usted?. . 
Todavía no, pero á la tarde lo sabré todo. 
Basta; retírese usted. 

(Haciendo mutis.) Esta Josef a trae más foraste- 
ros que un día de toros. 
(a Amado.) ¿Ha oído usted? 
Gracias, señora, gracias; lo que siento es no 
poder echarme á los pies de su esposo: ¡está 
tan lejos! 
¡Quién sabe! 

¡Y ahora, á sorprender á la infame! ¡El Có- 
digo me ampara; mi amor, muerto en su 
florecimiento me lo exige; voy á vengarme! 
¡No hará usted eso! 

¡Cómo! ¿Usted quiere que sujete mi mano 
justiciera?... ¿que no la deje caer?... 
¡Ya caerá! ¡Antes es necesario que caiga otro! 
No comprendo. 

Prométame usted seguir fielmente mis ins- 
trucciones; de ellas depende su felicidad. 
Ordene usted. 

Primero es necesario convencerse de si Blan- 
ca ha faltado á c us deberes, que lo dudo. 

(Amado hace un ademán de hablar.) Que lo dudo, 

repito á usted. No se puede condenar por un 
hecho aislado que acaso sea la demostración 
más firme de su virtud. 
¡Ah, señora; qué tónico moral me resultan 
sus palabras!... ¡Si ella.no hubiese capitula- 
do; si Gerona siguiese con las puertas cerra- 
das al enemigo!... 

Gerona, no sé; pero Blanca casi se lo ase- 
guro. Así, pues, es necesario que indague 
usted el domicilio de su tía, que vigile las 
personas que entran y que venga inmedia- 
tamente á darme cuenta de todo; después 
ya le diré lo que hemos de hacer. 
Y si viese á ella... á mi Blanca... 
Procure usted que ella no le vea y domine 
se; le repito que de seguir mis instrucciones 
á no seguirlas depende su felisidad. 
Las seguiré, señora; dominaré los impulsos 
de un amor muerto al florecer; olvidaré el 



— 51 — 



amparo que me presta el artículo 438 del 
Código, y si la veo... si la veo... si hieren mis 
ojos los suyos llameantes, rasgados, can- 
dentes... si diviso su nariz helénica y su 
boca más roja que la granada, cerraré la mia 
para que no se escape el grito que subirá á 
ella aunque me ahogue al quedarse en mis 
labios. Adiós, señora... Las seguiré... las se- 
guiré. (Mutis foro derecha.) 



ESCENA X 



LUISA; después ANGEL por la puerta de su cuarto 

Luisa ¡Y pensar que casi en la misma situación 
que ese pobre Amado me encuentro yo! Es 
necesario que nadie lo sospeche, que nadie 
se entere. Todo menos correr el ridículo de 
una mujer engañada. 

Ang. (saliendo.) Ea, vamos á hacer averigua... 

Luisa ¡Angelí 

Ang. ¡Luisa! 

Luisa (Aparte.)' ¡Dios mío, qué rayo de luz: será este 
el... y yo he sospechado dé Facundo!... 

Ang. (Aparte.) Me ha seguido, aprovechando la 

ausencia del esposo... Con razón sospecha- 
ba yo... 

Luisa (Aparte.) Veremos si puedo... 
Ang. (Aparte.) ¡Otra víctima!... ¡Es una desgracia! 

Luisa ¿Cómo, usted por aquí?... ¡Yo le suponía en 
Stokolmo! 

Ang. ¡Y yo á usted en San Sebastián! 

Luisa Sí, verdaderamente... es una sorpresa. 

Ang. (Dándose importancia.) Para mí casi puede de- 

cirse que no lo es... la esperaba, si no hoy, 
mañana... si no un día, otro... Es una des- 
gracia. 

Luisa ¿Al habernos encontrado llama usted des- 
gracia? 

-Ang. (Aparte.) ¡Pobre corazón herido! ¡La verdad 

es que soy demasiado cruel! (a ella insinuante.) 
Donde he dicho desgracia, ponga usté for- 
tuna, ó si le parece mejor, felicidad, placer 
supremo... dicha embriagadora .. 



— 52 — 



Luisa (Aparte.) ¿Pues no se atreve á galantear me?* 
(Alto.) Amigo Angel .. 

Ang. Nada, ni una palabra, sería cruel dejarla á 

usted hablar; hace tiempo que lo veía y soy 
yo el que veladamente le va á evitar el tra- 
bajo de una confesión. Usted viene siguien- 
do á un hombre. 

Luisa Justo. 

Ang. (Aparte.) ¡Es una desgracia! (Alto.) A un hom- 

bre á quien ama. 
Luisa Cierto. 

Ang. (Aparte.) ¡Cómo leo en el corazón! 

Red. (Saliendo.) Pero esa cuenta no lie... ¡¡Male-- 

dettoü (Entra precipitadamente.) 

Luisa (sorprendida.) ¡Eh! ¿Quién es ese italiano? 

Ang. No sé. Creo que se llama Mondragón.-Y vol- 

viendo á nuestra confesión, mejor dicho, á 
su confesión... 

Luisa Que yo le ahorraré el trabajo de acabar, 
añadiendo: Vengo impulsada por los celos 
en busca de un hombre que amo y me en- 
cuentro en su lugar á otro que olvidando 
que va á contraer matrimonio en plazo bien 
corto, persigue á una mujer casada. 

Ang. (Aparte.) ¡Maledetto!... digo, ¡demonio! ¿Pues 

no hablo yo en italiano? 

Luisa Sin tener en cuenta que con esa persecu- 
ción ha llevado la desgracia á un hogar fe- 
liz y está á punto de perder un matrimonio 
ventajosísimo. 

Ang. (Aparte.) Pues no venía por mí... Es una des- 

gracia... 

Luisa ( Y que el marido que lo sabe todo, y conoce 
el artículo 438 del Código Penal, está dis- 
puesto á hacer correr al seductor un papel 
más que ridículo. 

Ang. Eso ocurriría tratándose de otra persona; en 

cuanto á mí, lo de correr... 



ESCENA XI 

DICHOS y AMADO 

Ama. ¿Se puede? 
Luisa El marido. 



— 53 — 



•AnG. ¡El! (Corre y se mete en su cuarto. ) 

Luisa (Riendo.) Pase usted, Amado. (Aparte.) [Es este, 
no me cabe duda! ¡Y yo que había sospe- 
chado de mi pobre Facundo! (Alto.) Qué, ¿ha 
averiguado usted algo? 

Ama. Todo. 

Luisa ¿Está aquí? 

Ama. Estuvo. 

Luisa ¡Cómo! 

-Ama. Sí, señora; la fatalidad me acompaña, la 

desgracia me lleva de la mano; me indican 
una pista y es faifa; encuentro la verdadera 
y se me escapa ¡Ah! ¡de mí se apodera la 
caquexia!... 

Luisa Pero, ¿acabará usted de explicarme lo que 

ocurre? ¿Esa Josefa?... 
Ama. Rodríguez. Vive aquí; sí, señora, y además 

es tía tercera de Blanca. 
Luisa Luego Blanca... 

Ama. Es sobrina tercera de Josefa. Ha estado 

aquí con ella cuarenta, y cinco días; he pre- 
guntado á los vecinos colindantes ó inme- 
diatos... 

Luisa ¿Ha hecho usted eso? 
Ama. A ver qué vida... 

Luisa No se lo recrimino. 

Am\. A ver qué vida hacía, digo, y el resultado 

es un caos en el que me sumo, un Océano 
de contradiciones en el que me sumerjo. El 
tendero me ha dicho que apenas salía de 
casa; el zapatero, que salía por las noches 
esquivando las miradas como si temiese 
algo; el barbero me ha dicho... ¡que le gus- 
taba muchísimo!... ¡Y entre todos han aña- 
dido al martirio que me atenaza, otro más 
cruel; el de la duda que me corroe? 

Luisa ¿Pero, usted duda? 

Ama. ¡Qué duda cabe! 

Luisa ¿Y cuándo se ha ido? 

Ama. Hace tres días marcharon ella y la Josefa 

con rumbo desconocido, á un punto no co- 
nocido. 

Luisa (Aparte.) Indudablemente la presencia del 
sátiro diplomático les ha hecho huir. Bien, 
venga usted; tenemos necesidad de partir 
inmediatamente á Maclrid, á telegrafiar á 



— 54 — 



mi esposo; y en cuanto á Blanca, ahora más-, 
que nunca creo que no ha faltado á sus de- 
beres: acaso la encuentre usted en la corte.. 
Vamos. 

Ama. Yo creo que lo mejor es acudir de una vez 

á los tribunales. La balanza equitativa de la 
justicia acaso podría... 

Luisa Aun no; el escándalo es mil veces peor- 
Venga. (Hacen mutis por la puerta del cuarto nú., 
mero 8.) 



ESCENA XÍI 

A poco de entrar Amado y Luisa, se oirá un timbre, inmediatamente 
otro, luego otro y otro, y continuarán hasta la salida de MARCELO. 
Sucesivamente, voces de REDONDO, ANGEL, FACUNDO y AMADO 

Mar. (Entrando.') ¡Voy!(Sefija en el ciadro indicador ), 

El 7, el 9, el 6, el 8... ¡Qué barbaridad! (si. 

guen sonando los timbres.) ¡Voy! (Llamando en el 

cuarto número 7.) ¿Llamaban los señores? 
Red. (Desde dentro.) Nuestra cuenta volando. 

¡presto! 

Mar. ¿^ero, es que se van ustedes?... ¿No dijeron. 

que hasta fines de mes?... 
Red. (Enfadado.) Hacemos lo que nos da la gana v 

Nos vamos cuando nos acomoda. 
Mar. Bien, bien, (ai cuarto número 9.) ¿Llamaba el 

señor? 

Ang. (Desde dentro.) Oiga... la cuenta á escape. 
Mar. ¡¡Otro!! (ai cuarto número 6.) ¿Se puede? 

FAC. (Desde dentro.) ¡¡No!! (Aterrorizado.) Súbeme mi 

cuenta en seguida. 

Mar. ¡Y van tres! (Se dirige al cuarto número 8 y llama.). 

Ama. (Asomándose.) Tráete la cuenta de la señora. 

Mar. ¡Cómol ¿la señora que acaba de llegar? 

Ama . La señora se va cuando le da la gana. ¿Vas 
á oponer tu veto? 

Mar . ¡Pero si sólo tiene que pagar el coche de ve- 
nida! 

Ama. La señora paga lo que le acomoda. No di- 
vagues y pide la cuenta. (Entra.) 

Mar . ¡Está bien! ¡Parece que se han puesto de- 
acuerdo!... ¡Ni que hubiera aquí epidemial..^ 



— 55 — 



ESCENA XIII 

DICHOS y VICENTA 

Vic. (Entrando.) ¿He caído en falta? 

Mar. ¡Sí, sí... lo que has caído es en sobra! ¡Se van 
todos! 

Vic. ¿Que se marchan? 

Mar. Acaban de pedir las cuentas á escape. Voy • 

á subirlas. (Vase foro.) 

Vic. Puede que se hayan enterado por otra parte 

que la tal Blanca no está en el pueblo: como 
todos vením á una... En fin, yo les doy el 
recado por si acaso, y por si me dan la pro- 
pina ofrecida. (Llama el número 6.) ¡Señor VL 

ñalba! 

Fac . (Dentro.) ¿Qué hay? 

Vic . De aquel encargo que me hizo usted de la 

Blanca. 

Fac. (Gritando, pero sin abrir.) Yo no he hecho nin- 

gún encargo. 

Vic. ¿Cómo que no? ¿Pues no me dijo usted que 

averiguase...? 
Fac. ¡Yo no le he dicho nada á nadie! 

Vic. Pero si es que la Blanca... 

Fac , (Muy fuerte ) Que se calle usted. 

Vic. ¡Me habré yo equivocado!. . Voy á decírselo 

al señor Garrido; de éste estoy segura. (Llama 

en el número 9.) 
ANG. ¿Es la cuenta? (Desde dentro.) 

Vic. Soy yo, señorito, que le traigo la razón de 

Blanca. 

Ang (Gritando.) Yo no conozco ninguna Blanca. 

¡Quítese usted de en medio! 

Vic. ¡Cómo! ¿Pero no me dijo usted que pregun- 

tase por una tal Josefa, y que...? 

Ang. ¡Yo no conozco á ninguna Josefa; usté está 
loca!... Yo no le he dicho nada... ¡Y haga el 
favor de callar! 

Vic. ¿Si estaré loca de verdad?... Pues juraría 

que... 

Ama . (Asomándose.) ¿Pero no traen esa cuenta? 
Vic. A propósito: dígale á la señora, que lo que 

me encargó de Blanca... 



— £6 ~~ 



¡Basta! no queremos saber nada. No conoce- 
mos á ninguna Blanca. Déjenos en paz! 

(Entra.) 

(Asombrada.) ¡Tampoco!... Pero, señor, si yo... 

(Titubea un poco y llama al 7.) 
(Desde dentro.) ¿COSO, VOlete? 

¿Ustedes han preguntado por una tal Blan- 
ca? 

(Furioso.) Nosotros no hemos preguntado por 
nadie. La cuenta es lo que queremos. 
Pues no lo entiendo. Vamos, que yo no estoy 
en esta fonda ni un día más. (Mutis.) 

ESCENA XIV 

Vuelven á oirse los timbres. MARCELO, saliendo poi el foro con las 
cuatro cuentas 

Mar. ¡Anda, y qué prisa les corre! (Va llamando en 

cada cuarto, diciendo «La cuenta», y de todos ellos 
asoma solo la mano para cogerla.) El amo quería 

que les preguntase si tenían alguna queja 
del servicio, ¡pero no sé cómo! ¡No veo más 
que brazos sueltos! Yo creo que ni propina 
van á dar. (suena un timbre á dentro.) ¡Viajeros, 
menos mal; unos se van y otros vienen! (Mu- 
tis foro.) 

ESCENA ULTIMA 

REDONDO, PATROCINIO, NIEVES, ANGEL, LUISA, AMADO y FA- 
CUNDO. Al final el BARÓN, AUGUSTA y VICENTA 

Sale al mismo tiempo cada uno de su cuarto, con las maletas, som- 
brereras, etc.; etc,, avanzan y hasta llegar al centro no se reconocen. 
Alejo lleva en la mano la bufanda que comienza á ponerse después 
de salir. Patrocinio y Nieves hacen también ademán de ponerse los 
velos que llevan en la mano 

Red. (saliendo.) ¡Mil ochocientas cincuenta y nue- 

ve pesetas y veinte céntimos! ¡Qué abuso!... 
¡Esto es Sierra Morena! 

Pat. (ídem.) ¡Anda, toma economías! Te está bien 

empleado. 



Ama. 

Vic. i 

Red. 
Vic. 

Red. 

Vic. 



— 67 — 



Luisa (ídem.) Vamos... vamos. 

Fac. (ídem.) Pongamos tierra por medio. 

Ang. (ídem.) ¡Gracias á Dios! 

(Al llegar al centro, se reconocen todos y dan un grito, 
dejando caer las maletas, sombrereras, etc., etc.) 

Luisa ¡Los Redondos! 
Ama. ¡Don Facundo! 
Ang . ¡Ellos! 
Red. ¡WaterlóOÜ 

Luisa ¡¡Qué encuentro!! (Aparte.) (¡Era él!.... ¡y yo 
que le iba á telegrafiar al miserable!...) 

Fac. ¿Me explicarás que te encuentre con mi Se- 

cretario?... 

Luisa ¡Todo! (Aparte, peiiizcáudoie.) ¡Eres un mons- 
truo! 

Ang. (a Redondo.) ¿Pero no estaban ustedes en Ita- 
lia? Papá me aseguró... 

Red. Verá usted, es que... muy sencillo... es que. 

verá usted... 

Pat. Verá usted... 

Nieves Verá usted... (se miran confusos. Se oye dentro la 
voz de Marcelo.) 

Mar. (Que grita.) Número diez... Señores Barones 

de Fuente-Serena. 
Red. ¡¡Sálvese el que pueda!! 

(Confusión general. Patro y Nieves entran en el cuarto 
y cierran. Va á entrar Redondo y, como no puede, se 
mete detrás del cartel de los toros. Facundo se mete 
en el cuarto de Angel, Angel en el de Luisa, Luisa en 
el de Facundo y Amado debajo de la mesa Aparecen 
por la puerta del foro, el Barón y Augusta, seguidos 
de Vicenta y Marcelo. Entrarán con tiempo bastante, 
para que vean asombrados la dispersión general que se 
produce, pero sin que puedan conocer á nadie.) 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 



Xota. Procúrese que los anuncios que hace en este acto Mar- 
celo, sean en voz clara y alta, para que se entere bien el público. 



II II ■' H II II II II ti * II i. : II ■■!!■') • u i il .1 ilTT 



ACTO TERCERO 



Sala en casa de los Barones de Fuente-Serena. A derecha é izquierda- 
puertas laterales; en el centro del foro balcón practicable, que es-- 
' tará abierto hasta que se indique; dos cuadros pintados, no cro- 
mos, en los testeros, al lado del balcón. Un sofá en primer termi- 
no derecha, colocado algo oblicuamente con el respaldo vuelto á 
la primera derecha. En primer término izquierda mesa de tresillo 
con fichas, barajas, etc, Todos los demás muebles adecuados al 
servicio de escena. Junto á la puerta primera derecha un timbre- 
en la pared. 

ESCENA PRIMERA 

El BARÓN, en batín, sentado en una butaca, figura que lee unas'- 
cartas, AUGUSTA sale por la segunda izquierda 

AUG. (Desde la puerta y simulando que habla con alguierr 

dentro.) No olvide usted que se acerca la hora 
de la reunión: lo tiene todo muy descuida- 
do; es preciso que vaya usted enterándose 
de nuestras costumbres. 

Barón ¿Qué te sucede, Augusta? 

Aug. Lo de siempre que tomamos una criada 
nueva: hay que indicarle hasta los menores 
detalles de servicio. ¡Qué! ¿Has tenido carta, 
del ministro? 

Barón No; son las que Gutiérrez me envía desde 
los Pirineos. 

Aug. jAh, sí! ¿Las que Redondo te dirige allá des- 
de Italia? 



~ 60 — 

IBarón Por cierto que son graciosísimas. Este buen 
Redondo disparata de un modo terrible. 
Esta es de Torino, y fíjate cómo acaba. 
(Leyendo.) «En fin, señor Barón, puede decir- 
se que Torino es la patria del vermouth». 

Aug. ¡Qué vulgaridad! 

Barón Para él las bellezas arquitectónicas como las 
grandezas históricas no tienen atractivos: en 
esta otra, fechada en Roña, me habla de la 
Vía Apia, como si se tratase de la Gran Vía: 
tantos metros de anchura, tanto de larga... 
número de faroles y bocas de riego... es un 
hombre vulgar. 

Aug , Menos mal que la chica es algo instruida y 
además Angel sabrá ponerla al nivel suyo, 
expurgándola de los resabios que aún con- 
servará, dado su modesto origen. 

Barón ¡Oh! seguramente; además, con ese matri- 
monio hemos logrado asegurar la posición 
financiera de nuestro hijo, el cual veo con 
satisfacción que va sentando la cabeza; ya 
no es aquel calavera audaz y galanteador 
que iba dejando un reguero de amores á su 
paso. Claro está que todo se hereda: yo, en 
mi juventud... 

Aug . ¡Héctor, dejemos tu juventud! 

Barón ¡Oh, y tan dejada, desgraciadamente! Ya se 
nos va acabando todo, juventud y dinero: 
los dos grandes puntales de la vida. Ya ves, 
este año, para salir de Madrid, hemos tenido 
que agarrarnos á las reiteradas invitaciones 
de nuestro amigo el boticario de Villasequi- 
11a; menos mal que todo el mundo nos ha 
creído en los Pirineos. 

_Aug. ¡No me hables de Villasequilla! ¡Qué calor!... 
¡Cuántas moscas! 

Barón Los pueblos rurales tienen esa desventaja; 
por lo demás, las aguas eran riquísimas. 

Aug. Siempre turbias. 

Barón Sí, turbias; pero los días que la bebíamos 
clara era muy aceptable. 

Aug. Además, los últimos días ni nos hacíanla 
cama, ni nos entraban el desayuno y había 
más moscas que nunca; yo creo que las bus- 
caban en el pueblo para que nos molestasen 
y nos fuésemos. 



— 61 — 

Barón Efectivamente; parecía una indirecta, y fué 
por lo que decidí pasar los últimos días en 
el cercano Aranjuez; nadie nos ha visto; na- 
die sabe nada, excepción hecha de nuestro 
hijo Angel, y hétenos aquí de regreso de los 
Pirineos. 

Aüg. Bien, voy á ver si lo tiene todo arreglado la 
chica porque no deben tardar los Redondos 
ni Luisa. 

Barón Nada de cumplidos, Augusta: un té fami 
liar; los Redondos no sabrían apreciar ex- 
quisiteces, y Luisa es como de casa. 

Aug. Pero al menos te quitarás el batín. 

Barón Bien; me pondré la levita de solapas de seda;. 

los Redondos no distinguen de modas. ¿Y 
Angel? 

Aug . En su cuarto quedó. 

BARÓN Vamos. (Mutis primera izquierda.) 

ESCENA II 

REDONDO, PATRO y NIEVES y un CRIADO. El primero trae una 
caja y dentro un reloj pequeño de pesas; salen por la primera 
derecha 

RED. (a un Criado que entra con ellos.) No, no se mo- 

leste usted, somos de la familia. (Entran, ei 
criado se va.) ¡Ea! Henos aquí en la gran urbe 
monárquica, que diría el Barón. (Deja la caja 

sobre un mueble.) 

Pat. Por Dios, Alejo, no oromees al hablar de 

nuestro viaje, no vayas á meter la pata. 

Nieves Sí, papá, habla poco, y sobre todo acuérdate- 
de la Guía 

Red. Las que os tenéis que acordar sois vosotras, 

que yo me la sé de memoria. A ver, Verona. 

Pat . « Verona, una de las ciudades más antiguas del 

territorio Lombardo-Véneto, fué importante co- 
lonia romana.» 

Nieves «En ella nacieron Gátulo, Cornelio Nepote, Vi- 

trubio y Plinio el viejo.» 
Red. Basta; aprobadas. En Pisa estáis algo flojas. 

Esta noche hay que dar un repaso á Pisa. 
Pat. Supongo que no estaremos hablando de Ita- 
, lia toda la vida. 



— 62 — 



Hed. No, los primeros días. Y á propósito, hemos 

debido subirnos el aristón aquel que com- 
pramos en el Bazar X, 

Nieves ¿Para qué, papá? 

Red. Para amenizar la velada y para decir que lo 

hemos adquirido en Venecia. 

Pat. Pero si no tenemos más que tres piezas: La 
pobre chica, El vagabundo y El vals Je las olas. 

Red. Ese,, ese precisamente tiene un marcado sa- 

bor veneciano. (Cantando.) 

«Olas que al llegar...» 
ESCENA III 

DICHOS y LUISA primera derecha 

Xuisa (Entrando.) Bien, señor Redondo; por lo visto 

pasó ya el susto. 
Pat. jAy, no nos hable usted!... De pensar que 

la tacañería de este hombre nos ha puesto á 

las puertas de perder un matrimonio tan 

ventajoso para Nieves... 
Red. Patro, nada de recriminaciones. 

Luisa ¿Han visto ustedes á Angel? 
.Nieves Ayer estuvo en casa. 

Pat. Y menos mal que el muchacho se hizo car- 

go de todo. 

Nieves Además cree que lo conveniente es no decir 
una palabra á sus padres, y seguir figuran- 
do que volvemos de Italia. 

Luisa Indudablemente. 

Pat. ¡Pero fíese usted de que nadie la ve! Bien 

pronto se enteró él de ¿que estábamos en 
Aranjuez. 

Luisa ¡Ahí ¿pero él les ha dicho?... 

Pat. Claro, nos siguió con intención de ir á Ita- 

lia también; averiguó dónde estábamos y 
fué á buscarnos. 

Rpd. Está loco pt r ésta. 

Luisa (Aparte,) No está mal la disculpa. (Alto.) An- 
gel tiene razón: es necesario que los Baro- 
nes crean que hemos estado en Italia y San 
¡Sebastián respectivamente. Lo que me ex- 
traña es no haberlo visto en el tren. ¿No vi- 
nieron ustedes en el mismo dia? 

Red. Sí, pero por la noche. 



— . 63 — 



Pat. ¡Nos ha traído en un mercancías! 

Red. Quéjate, y has traído un vagón para tí sola. 

* Pat. El único de viajeros que venía en el tren. 

Un tercera. Le digo á usted que un hombre 
así, es peor que una enfermedad. 

Red. ¡Ah! ¿de modo que un padre que se sacrifi- 

ca por su hija es un mal hombre? 

Pat. Sacrificio hubiera sido llevarnos á Italia. 

Red. ¡Patro, no te consiento que me hables de 

eso! 

Pat. Ni yo á tí que nos pongas en ridículo. 

Red. ¿Yo en ridículo"? Hemos acabado: ahora 

mismo me voy. 
Pat. Y yo también. 

Luisa ¡Pero, señores, por Dios! que están ustedes 
en casa de los Barones. 

'Nieves Mamá, ten resignación. 

Pat. Bien sabe Dios que sólo mirando tu por- 

venir, es por lo que aguanto lo que me hace 
tu padre. 

Luisa Vaya, esto se ha terminado; indudablemen- 
te el té con que nos obsequia el Barón es 
sólo un motivo para fijar el día de la boda. 
¡Dios mío! y me es necesario saberlo, por- 
que tengo también á plazo corto la de mi 
criada Fermina, que la caso con Celedonio; 
y la del segundo derecha, que la he busca- 
do un partido excelente. Ayer lo dejé casi 
arreglado; será un marido modelo, fiel, ¡oh,, 
la infidelidad! (a Nieves. ) ¡ Toléralo todo me- 
nos la infidelidad! 

Red. Una pregunta, por curiosidad nada más. 

¿Usted sabe si los Barones tienen posesio- 
nes en Aranjuez?... porque su presencia 
allí... x 

Luisa No lo sé, pero sacaremos la conversación 
así veladamente, y saldremos de dudas. 

ESCENA IV 

DICHOS, el BARÓN, AUGUSTA y ÁNGEL por primera izquierda 

Barón ¡Oh!... la estimable familia de ios Redon- 
dos!... 

Pat. (Aparte.) ¡Qué distinguido es este hombre, 

hasta estimando! 



— 64 — 

Aug. ¿Qué tal, querida Luisa? 

Luisa No muy buena, Baronesa; los cambios de 

tiempo influyen en mi sistema nervioso de 

un modo terrible. 
Aug. Sí, está la lluvia amenazando toda la tarde. 

Luisa ¿Amenazando? Cuando yo vine empezaba á 

chispear. 

Barón Las entradas otoñales traen siempre agua... 

Pero siéntense ustedes. No está muy en or- 
den esto, porque hasta ayer no encontramos 
doncella, y... 

. (Se sientan Alejo, Patrocinio y Nieves en el sofá; An- 
gel en una silla junto á Nieves; el Barón y Augusta 
enfrente y Luiisa en el centro.) 

Pat. (sentándose.) ¡Dichosas criadas!... ¡son una 

muerte! 

Barón ¿Con que ya estamos todos de regreso? ¿Ven 
ustedes cómo el tiempo corre de una mane- 
ra asombrosa? Parece que fué ayer cuando 
ustedes partieron para Italia, éste para Sto- 
kolmo; Luisa para San Sebastián; su mari- 
do para Suiza, y nosotros para la agreste 
cordillera pirenaica. 

Nieves (Aparte á Angel.) ¡Por Dios, Angel, no te rías! 

Red. ¿Conque en la cordillera, eh? Pues nosotros 

venimos asustados, pero lo que se dice asus- 
tados. ¡¡Qué Italia, Barón!! ¡¡qué Roma!! ¡¡qué 
Venecia'.i ¡¡qué barbaridad!! 

Barón ¡Hola! ¡hola! Por lo visto les ha gustado la 
antigua tierra de los Césares. 

RED. Mucho, ¿Verdad? (A Patrocinio.) 

Pat. ¡Muchísimo! 

Barón Las comidas son excelentes; algo se abusa 
de los macarrones que, como habrán visto, 
es el plato nacional, pero le dan tantas for- 
mas... Los rabiolis sobre todo... 

Red. ¡Ah, no me hable usted! ¡Esta se ha tomado 

Cada labioli! (Por Patrocinio.) 

Aug. ¿Utilizaron ustedes ciceroni? 

Red. ¿Ciceroni? Sí, se... digo, no; estaban todos 

cogidos. Hay escasez este año. 
Barón Entonces temo que no lo hayan visto bien 

todo... En Roma, por ejemplo, la Plaza de 

San Pedro... el Foro... 
Red. Anda... (a Patrocinio.) Oye, tú. . dice que no 

habremos visto... (ai Barón.) Precisamente 



— 65 — 

era nuestra debilidad; en cuanto nos levan- 
tábamos, éstas, ya se sabe, se iban á la Plaza 
y yo me iba por el foro, hasta la hora del 
almuerzo. 

Nieves (a Ángel.) (¿Has visto qué bien miente mi 
papá?) 

Ang. (Casi tan bien como el mío) 

Aug. Los lagos le habrán encantado. 

Red. ¡Son asombrosos! 

Barón Y ya en el Lago Mayor, habrán ustedes vi- 
sitado la Isla Madre. 

Red. ¿La Isla Madre? Sí... claro... ¡Nieves, nos 

pregunta si hemos visto la Isla Madre! 

NlEVES (Recordando.) ¡La Isla Madre! Ah, SÍ. (Se levanta, 
avanza un poco hacia el Barón y dice como recitando 

una lección aprendida.) Plantas de Nueva Ho- 
landa florecen allí al aire libre; los grana- 
dos llegan á una considerable altura; la 
planta del té brota en Octubre... 

PaT. (Levantándose, avanzando y cortando la palabra á Nie- 

ves, que vuelve á su asiento.) Adelfas rojas y 

blancas adquieren un extraordinario des- 
arrollo; cipreses y siemprevivas de todas es- 
pecies, crecen por doquiera... 

RED. (igual juego y acabando el párrafo.) Y Una parte 

de la Isla está materialmente cubierta de 
abetos y otros árboles, entre los que se dis- 
tingue un alcanfor de cuarenta pies' de al- 
tura. ( Pausa.— Los Barones y Luisa se miran asom- 
brados.) 

Luisa (Aparte.) (Estos se han aprendido la Guía de 
memoria.) 

Barón (a Augusta.) (¡Qué riqueza de detalles se han 
traído!) 

Aug. (Se ve que son observadores!) 

Red. (a Patrocinio ) (¡Hemos dado el golpe!) 

Pat. (a Redondo.^ (Sí, pero estoy temblando que 

nos hable de Pisa, porque lo que es en Pisa 

hincamos el pico.) 
Barón Antes Italia era más típica; cuando casi 

constituía el imperio de los bandidos. 
Red. No, si ahora los hay también. 

Luisa (Riéndose.) ¿Pero han tenido ustedes la suerte 

de encontrarse con un bandido? 
Red/ ¡El dueño de la fonda! Nos puso una cuenta 

enorme. 



6 



— 66 — 

Barón ¡Es gracioso!... Pues nosotros les hemos 
traído de nuestra excursión un 'pequeño re- 
cuerdo: no vale la pena... 

Red. (á patrocinio.) (¿Ves?... Si no llegamos á traer 

el nuestro...) (Alto.) Nosotros también nos 
hemos acordado de ustedes. 

Pat. No merece la pena tampoco. 

Red. El único mérito es que lo trae uno de allí 

mismo. 

Luisa Sí, en estos casos el valor está en el recuer- 
do, como dice el Barón. 
Barón Augusta, ¿está ahí la cajita? 
Aug. Sí. 

BARÓN Saca el Contenido. (Augusta va á la primera iz- 

quierda.) 

Red. (á Patro.) Anda, destapa lo nuestro. 

(Patrocinio saca un reloj pequeño de pesas y Augusta 
otro igual. Procúrese que no los vean hasta el momen- 
to en que Augusta y Patro se adelantan con ellos. 
Asombro por parte de todos.) 

Todos ¡¡En!! 

Barón (Aparte.) ¡No me explico'... 
Red. (á Patro.) (Lo ha debido comprar donde nos- 

otros ) 

Pat. (¡Valiente plancha 1 ) 

Ang. ¡Qué raro; parecen los dos iguales! 

Red. Sí, sí parecen... Sin embargo, éste es pura- 

mente veneciano; su pendolita... sus pesi- 
tas... Creo que es una imitación del reloj de 
San Marcos. 

Barón Entonces no son iguales, porque este mío, 
que como ustedes ven es tosco, es un reloj 
agreste para las cumbres; las bajas tempe- 
raturas no influyen en su marcha. 

Aug. (cogiéndolo.) Muy agradecida. 

Pat. (ídem.) Igualmente. 

Aug. (ai Barón.) (¡Hemos hecho el más considera- 

ble de los ridículos! ¡Hay que cambiar de 

conversación!) 

BARÓN (En el acto.) (Dejan los relojes sobre las mesas.) 

¿Ustedes, como es lógico, no conocen nues- 
tra galería de cuadros famosos? 
Red. No, pero hemos oído hablar muy bien de 

ellos. 

Barón Voy á tener el placer de enseñárselos. Algu- 
nos tienen un valor extraordinario. Aquí 



— 67 — 



mismo hay uno; éste. (Por el que está á la dere- 
cha del balcón.) 

Pat. ¡Muy bonito! 

Barón Es copia de un fresco de Goya; p r este lado 
no se aprecia tanto; no parece un fresco, 
¿verdad? 

Rfd. Sin embargo... 

Barón Coloqúense ahí junto al balcón y á ver qué 
efecto les hace. 

Red. Desde aquí mucho más fresco. 

Barón Hiere mejor la luz, ¿verdad? 

Pat. Y eso que con esta lluvia... 

Barón ¡Oh! ¡Madrid es intolerable en el invierno! 

¡En cuanto llega Noviembre, no hay quien 
habite en él!... ( Unos cambios tan bruscos!... 
¡Para mí, una persona que no sale de Ma- 
drid en el invierno, no existe! 

Red. (á Patro.) (¡Adiós! ¡Que nos eeha otra vez! 

Este hombre no nos va á dejar tranquilos 
ni en la primavera.) 

Barón ¿Dónde piensan ustedes ir este invierno? 

Red. ¿Este invierno?... Pues... verdaderamente... 

vacilamos... 

Barón ¿Conocen ustedes las Canarias? 

Red. Sí, lo conocemos todo. Las Canarias y Niza 

y Málaga y Marruecos... Puede que nos va- 
yamos á Marruecos... 

Barón Excelente localidad invernal... Sí, sí, vayan 
á Marruecos. 

Pat. (Aparte á Nieves.) Ya me veo en Tetuán. 

Barón Pasen, pasen por aquí. 

Aug. Vamos á cortarle el idilio á los chicos. 

Barón ¡Tiempo tienen! 

Red. (ai hacer mutis.) Una pregunta, por curiosidad. 

¿Ustedes tienen posesiones en Aran juez? 

Aug. ¿En? (se miran confusos los Barones.) 

Barón Sí, en Villasequilla tenemos unas tierras de ■ 
pan llevar... poca cosa. 

Aug. Casi se puede decir que nada. 

Red. (Aparte á Patro." Ya decía yo. Esto es que al 

volver de los Pirineos... como coge de cami- 
no... (Vanse por secunda izquierda.) 

Nieves (Estoy temiendo que de un momento á otro 
se descubra todo ) 

Ang. ¡No temas; no le conviene á nadie! (vanse si- 

guiendo á los demás.) 



68 — 



ESCENA V 

LUISA. Después FACUNDO por primera derecha 

Luisa (Riendo ) La verdad es que las conveniencia» 
sociales son implacables. ¡Pobre Redondol 
¡Qué cara puso cuando le habló el Barón de 
salir el invierno! este Barón es más impla- 
cable aún que las conveniencias... 

Fac. (Entrando.) Vaya una tormenta de agua. 

Luisa (seria.) Llega usted á tiempo, señor mío. 

Fac. ¡ \ h! ¿Pero todavía? 

Luisa Ahora más que nunca. Todas las excusas 
que me dió usted eran otras tantas menti-. 
ras que Blanca se ha encargado de aclarar. 

Fac. ¿Cómo? ¿Has visto á Blanca? 

Luisa Me ha escrito contándomelo todo. La galan- 
teaba usted, la enviaba flores todos los días.. 
Angel imitaba á usted; los dos tuvieron la 
osadía de pedirle una cita, y la pobre, ante 
el temor de que su marido se enterase y su, 
carácter excitable le condujese á una vio- 
lencia, antes de contárselo todo, decidió 
huir á casa de su tía. . 

Fac. Pero . . 

Luisa Basta, evitemos el ridículo: sigamos fingien 
do para los Barones que yo he estado en 
San Sebastián, usted en Suiza, y después ya 
arreglaremos una separación por cualquier 
motivo. Ya sabe usted que yo lo perdono 
todo, todo, menos la infidelidad. 

Fac. Reflexiona que... 

Luisa No tengo que reflexionar nada; estoy decidi- 
da. Ah, debo advertir á usted, que he arre- 
glado el casamiento de Conchita la del se- 
gundo izquierda, con Almonares: seremos 
los padrinos. 

¿Fac. ¿Pero ni aun separados voy á dejar de ser 

la Epístola de San Pablo? 

Luisa Ya le he dicho que será una separación sin 
provocar escándalos; el papel de mujer en- 
gañada es horrible. 



— 69 — 



ESCENA VI 

DICHOS y REDONDO saliendo por segunda izquierda 

Ri.d. ¡Me fastidia este Barón! Siempre encuentra 

motivo para hacernos salir de Madrid... 

(Reparando en Facundo.) ¡Calle! ¿Cómo USted 

por aquí, señor de Villalba? 
Luisa ¡Villalba! 

Fac. ¿Y usted, amigo Mondragón? 

Luisa ¡Mondragón!... ¿Por lo visto no se conocen 
ustedes? 

Red. ¡De Venecia!... digo, de Aranjuez. 

Luisa Pues bien, voy á hacer la presentación: don 
Facundo Cañizares, mi esposo. 

Red. ¡Cómo!... ¿Este señor es su Cañizares... digo, 

su esposo"?... ¿Pero no se llama usted Vi- 
llalba? 

Luisa Villalba en Aranjuez, como usted Mondra- 
gón. (presentando.) Don Alejo Redondo, padre 
de la futura de Angel. 

Fac. Silencio, que salen. 



ESCENA VII 

DICHOS, BARÓN, AUGUSTA, NIEVES, ANGEL y PATRO por se- 
gunda izquierda 



Pat. Tiene usted una colección preciosísima. 

Barón Regular, nada más que regular, (viendo á Fa. 

cundo ) ¡Hombre!... He aquí al suizo. 
Fac. (saludando.) Señores... 

Aüg. ¿Qué, se mejoró esa laringe? 

Pac. Poco, muy poco. 

Luisa (con intención.) Quizá tenga que volver el año 
que viene. 

Aug. Esas afecciones no conviene descuidarlas. 

Barón Perdona, Augusta... no, no conviene descui- 
darlas. Y ahí va un consejo. Vaya usted á 
Londres y á su vuelta me lo dirá. Entre los 
ingleses hay grandes laringólogos. 

Red. (APatro.) (Ya está echando gente. Yo creo 



— TO- 



que el Barón debe tener acciones de los fe- 
rrocarriles.) 

Aug. Mientras llega la hora» del té, podíamos ju- 

gar una partida de tresillo. 

Barón Augusta es una tresillista incansable. 

Aug. (á Redondo y Patro.) ¿Ustedes juegan? 

Red. Al tresillo, mucho: no hemos hecho otra, 

cosa en todo el verano, ¿verdad? 

Barón Ya son ustedes tres. (Á Augusta ) A los chicos 
no les invites; sería una crueldad privarles... 

Luisa Yo haré el cuarto. 

Barón Magnífico; tres señoras y un caballero. ¡Cui- 
dado, señor Redondo! 
Red. Soy invencible 

Aug. ¿Echamos sitios? 

Red. No, ¿para qué? Siéntese usted donde tenga 

costumbre; yo, en no teniendo esta á mi de- 
recha .. 

Luisa ¿Le tira al codillo? 

Red. Siempre. (Se sientan á la mesa de juego. Redondo 

frente al público, Patro á su izquierda, Luisa de espal- 
da al público y Augusta á la derecha de Redondo.) 

BARÓN (Sentándose con Facundo en el sofá.) ¿Y qué, ami- 

go mío, cómo van esos azúcares? 

FAC. ¡Un negocio magnífico! > Siguen hablando.) 

Nieves Me gustaría volver á Londres siendo ya tu 
esposa. 

Ang. Nada más fácil; gestionaré el traslado. 

Luisa ¿A céntimo el tanto, verdad? 

Red. O á peseta... ó álira... yo no me achico... 

Aug. Como ustedes tengan costumbre. 

Red . ¿Hay palo de favor? 

Aug. El primero que se juegue. (Barajan y cortan, 

etc., etc.) 

BARÓN (Que sigue hablando con Facundo.) ¡ Ah, SÍ, los Pi- 

rineos son encantadores!... ¿Usted no los co- 
noce? 

Fac. No. 

Barón Unas alturas majestuosas, unos picos valien. 

tes... naturaleza salvaje... 
Pat. Roben ustedes espadas. 

Aug. ¡Solo! 
Red . ¡Ya empieza, ya! 

Barón He traído varias fotografías... postales... Va 
usted á ver uno de los picos que yo escalaba 

COn más frecuencia... (Toca el timbre en primera 
derecha.) 



- 71 - 



ESCENA VIII 



DICHOS y VICENTA que aparece primera derecha 



Vic. 
Fac. 



Red. 
Pat. 

Djisa 
Nieves 



Barón 

Aug. 

Vic. 
Aug. 
Red. 
Aug. 
Red. 
Pat. 
Red. 
Nieves 

Luisa 
Vic. 



¿Llamaban los señores? 

(Al verla se tiende casi en el sofá, para ocultar la cara, 
mientras el Barón se vuelve á hablar con Vicenta.) 



La criada de Aranjuez!.. 



Barón 



(A un tiempo.) ¡DÍOS mío! 

(Todos ocultan la cara como pueden. Alejo con las 
cartas, Luisa fingiendo buscar algo en el suelo, Patro 
lo mismo, Nieves y Angel mirando los cundros.) 

¡Si, tráigame de la mesa de mi despacho un 
sobre con unas postales. 

(Que se ha vuelto hacia Vicenta desde que salió.) Y 

á mí un vaso de agua. 

Al momento. (Vase Vicenta.) 

¿Quién ha arrastrado de mala? 
Yo. 

¿Así estamos? ¿De mala ya? 
De mala, sí, señora; de mala manera. 
(a Redondo.) (¡Va á volver!) 
(¡Como nos reconozca, estamos perdidos!) 
(a Angel.) Es un compromiso; se va á descu- 
brir todo. 

(¡Vaya un contratiempo!) 

(Saliendo.) El Sobre. (Al Barón.) El agua, (a 
Augusta ) 

(Al volver el Barón la cara para coger el sobre, Fa- 
cundo se levanta y se marcha haciéndose el distraído 
á mirar uno de los cuadros del foro. Nieves y Angel 
hacen lo mismo mirando el otro cuadro. Cuando Au- 
gusta, que está sentada vuelta de espaldas á la prime- 
ra lateral derecha se vuelve y se pone en pie para co- 
ger el vaso de agua, Redondo, Patro y Luisa seguidos 
de Nieves y Angel se levantan y hacen mutis por la 
segunda izquierda, andando de puntillas y silenciosa- 
mente.) 

Vea usted este pico... (Se vuelve y no encuentra 
a Facundo.) pero... (Lo ve mirando el cuadro.) ¡Ah, 



— 755 — 



está usted admirando ese cuadro!... Ese no 
tiene mérito; aquél otro es un fresco. 
Vic . ¿Manda a]go más la señora? 

AüG. Nada. (Hace mutis Vicenta. Augusta se vuelve, y al 

ver que no hay nadie exclama:) ¡¡Pero y los juga- 
dores ! 

Fac. (Aparte.) ¡Han huido todos! 

Barón Cualquiera diría que jugábais al escondite. 

Red. (Asómala cabeza ) Se fué. (Sale cojeando seguido 

de los demás. Traen las cartas en la mano como al 
marcharse.) 

Aug. ¿Pero qué 'es ha sucedido? 

Red . ¡El calambre! 

Barón ¿Cómo? 

Red . Que me ha dado el calambre aquí en la 

pierna derecha, y cuando me da me veo 
precisado á correr para que se me pase: por 
eso me salí al corredor. 

Luisa A nosotras nos extrañó verlo correr, y... 

Barón ¡Es una manifestación nueva en los calam- 
bres! 

Red . Y que cuando me empiezan me duran tres 
ó cuatro días. 

Barón ¿Por qué no va usted á Fortuna? Segura- 
mente se aliviaría. 

Red. ¿De veras? Ahora mismo nos vamos, (a p a - 
tro.) Anda, á Fortuna... tú, Nieves... ¡á For- 
tuna! 

Barón Oh, no, mi querido señor Redondo; no es 
época ahora. 

Aug. No se preocupe usted; esas son dolencias 

pasajeras. Acabemos la jugada. 

Barón Si le quitan ustedes á Augusta el tresillo le 
han aguado la reunión. 

Pat. (a Redondo.) v No hay más remedio.) 

Luisa (ídem.) Es necesario. 

Red. Bueno, acabaremos la jugada, (se sientan, a 

Patro.) (Esto hay que despacharlo en dos bo- 
leos.) 

Pat. (Sí, sí.) 

BARÓN (A Facundo, enseñándole la postal.) Vea Usted; 

éste, es uno de los picos más altos... natura- 
leza salvaje, como verá usted. 

Luisa Siete de bastos. 

Red . No tengo; fallo. 

Pat. El tres. 



— 76 — 



Luisa El cuatro. 

Red . La sota. 

Luisa El rey. 

Red . ¡Fallo! (Etc., etc.) 

(Con rapidez exagerada- Todos hablan á la vez. Pue- 
den seguir nombrando las cartas que quieran para que 
resulte una confusión extraordinaria.) 

Aug. Por Dios, señores, no tan de prisa, que no 

me entero. ( Juega.) 
Nieves (a Angel.) ¿Pero cómo ha venido esa mujer 

aquí? 

Ang. No sé; mis padres tenían dado encargo de 

una, y... 

Luisa (a Redondo.) ¿No tiene usted el caballo? 

Red. Pues si yo tuviera un caballo... (¿Dónde es- 

taría á estas horas? (juega.) 

Aug. ¡Cuidado! ¿Ve usted? Esa jugada nos ha 

quitado la puesta. 

Red . Dispénseme usted; pero es que cuando me 

da el calambre, no veo ni lo que juego. 

Pat. Lo mejor es que nos retiremos. 

A.UG. En ese CaSO... (Va á tocar el timbre, y Redondo, 

Patro y Luisa, le sujetan la mano. Redondo, además, 
coge el timbre y se queda con él en la mano durante 
lo que sigue.) 

Red. j 

Pat. [ ¡No, no! 

Luisa ) 

Red. No se moleste usted. 

Aug. Es para que sirvan el té en seguida: deben 

tomarlo antes de marcharse, ¿no te parece, 
Héctor? 

Barón No faltaba más. • 

Red . Si les he de ser franco, no me hace mucha 

gracia el té. 
Pat. Le excita. 

Red. Eso... me excita. 

Aug. Pues tila. 
Red. Me aplana. 
Ang: Pues chocolate. 

Red. Me... (¡Mecachis! No hay remedio.) 

Aug. Voy yo misma á disponerlo, (va á levantarse. 

(Se lo impiden con el ademán y Luisa sujetándola ade- 
más por un brazo.) 

Red . De ninguna manera. 

Pat. No, por Dios! 



Se va usted á molestar... No lo tomamos, 
¿verdad? 

Bien; llamaré á la chica, (va ■ levantarse.) 

¡No! (Levantándose á medias. Igual juego que antes ) 

De ningún modo: ¿va usted á moles tai á la 
chica por nosotros? 

No les hagas caso, Augusta: los señores pe- 
can de considerados, sin tener en cuenta 
que esta casa es como si fuese suya. Vé tú 
misma. 
Pero... 

¡Nada, nada; no faltaba más! (Hace mutis pri- 
mera derecha.) 



ESCENA IX 

DICHOS, mencs AUGUSTA 



Barón ¿Pero no ven ustedes qué manera de dilu- 
viar? .Todos se acercan ai balcón que estará abierto.) 

Luisa Puede que el agua inüuya en los calambres 
del señor Redondo. 

Barón En ese caso no le conviene salir ahora. 

Red . j Ya escampa! 

Barón ¡Sí es un diluvio! 

Red . No, digo que ya escampará. 

Barón Yo lamento lo que le ocurre, porque preci- 
samente Augusta y yo queríamos fijar esta 
tarde el día de la boda. 

Luisa Yo también traía esa idea. 

Pat. Por ellos lo mas pronto posible, ¿verdad? 

Ang. ¿í por cierto. 

Nieves Como ustedes quieran. 

Red. Están atortolados. 

Barón Eso es bueno. Yo siempre he odiado los 
matrimonios por conveniencia 



Red. 

Aug. 

Red. 

Luisa 

Pat. 

Red 

Barón- 



Red . 

Aug. 



ESCENA X 



DICHOS, VICENTA y el CRIADO con una mesita de té y ya prepara- 
do en ella el servicio para el mismo. Vicenta aparece de espaldas á 
los personajes al transportar la mesa. Después AUGUSTA 

VlC . El té. (Lo colocan en el centro. Igual juego que el 

anterior. Todos hacen mutis segunda izquierda. Re- 
dondo se mete en el balcón, cerrando al entrar. Er 

Criado se va.) ¿Lo van á tomar aquí? 
Barón Sí. 

Vic. ¡Como se van los señores!... 

Barón ¡Sí que es inexplicable! (cruzándose de brazos.) 
Vic. (^Haciendo mutis.) ¡Aquí desaparece todo el 

mundo como en la fonda de Aran juez! (vase 

por primera derecha.) 

Aug. (sale.) ¡Pero cómo!... ¿estás solo? 

Barón Debe haberle dado otro calambre al señor 

Redondo. 
Aug. ¡Esto es anormal, Héctorl 

B*rón ¡ ' normal y extraño! 
Aug. ¿Se habrán arrepentido? 

BaRÓN No Creo. (Luisa, seguida de los demás, sale con cau- 

tela.) 

Luisa (Asomando.) Sí, ya se fué. 
Pat. (saliendo.) ¡Qué vergüenza! ¡Lo van á com- 

prender! 

Ang. (saliendo.) Esta situación no puede continuar. 

Barón ¿Pero qué es lo que les ocurre á ustedes? 
Fac. Al amigo Redondo que le repitió el calam- 

bre. 

Pat. Este marido mío es una calamidad. 

Aug. Bien, ¿pero le ha pasado ya? 

Nieves Sí. 

Barón ¿Dónde está? 

Aug. Es verdad, no le veo. 

Pat. (a Luisa.) ¿Dónde se habrá metido Redondo? 

Luisa ¡Qué sé yo! Es capaz de haberse encerrado 

en algún cuarto. 
Nieves (a Angel.) Creerá que no puede salir. 

AnG. (Llamando desde la puerta lateral segunda derecha.) 

¡Señor Redondo!... 

Pat. (Desde la primera izquierda.) ¡Alejo! 



— 76 — 

Nieves ¡Papá!... 

(Todos quedan en silencio y asombrados.) 

Barón ¿Se habrá accidentado? 

(En este momento se oye dentro del balcón un fuerte 
estornudo de Redondo.) 

Todos ¡jEhü 

(Repite el estornudo.) 

Barón ¡Parece que en el balcón!... 

(Se dirigen todos al balcón, lo abren y sale Redondo 
* materialmente becho una sopa y estornudando.) 

Aug. ¡Parece un náufrago! 

Luisa ¡Cómo se ha puesto! 
Nieves ¡Pero papá ... 

Red. (Fingiendo alegría.) ¿Ven ustedes?... ¡Mano de 
santo! En cuanto me doy una ducha ó me 
mojo, desaparecen los calambres... (a Patro.) 
Ya lo sabes tú. 

Barón ¡Pero eso es dejar un calambre y coger una 
pulmonía! 

Red. No lo crea usted; estas aguas primeras de 

Otoño SOn muy Sanas. (Estornuda.) 

Nieves ¡Estás tiritando! 

Red. Del calambre, que todavía se resiste. Vá- 
monos, vámonos á la calle, que me llueva 
bien. 

Aug. ¡Eso es una locura! 

Barón ¿Cómo va usted, á salir así? 

Aug. ¿Te parece que se ponga una bata tuya?... 

Rkd. ¡No, de ninguna manera! 

Barón Al menos que se seque bien. 

AUG. Sí, SÍ, que lo sequen. (Va a la primera derecha y 

llama al timbre.) 

ESCENA XI 

DICHOS, un CRIADO por primera derecha 

Criado (saliendo.) ¿Qué manda la señora? 

Aug. Dígale usted á la chica que venga con un 

par de toallas. ;E1 Criado hace mutis.) 
(Redondo, Patro, Nieves, Luisa y Angel han hecho un 
grupo á la izquierda mientras la escena anterior, para 
no oir las últimas palabras de Augusta.) 

Red. Nada, que yo me marcho ahora mismo ó 

me vuelvo al balcón. 



— 77 — 



Pat. (a Redondo.) ¿Ves tus ridiculas economías en 

qué situación nos ponen?... 
Red. Que me ponen, dirás; y lo peor es que con 

el agua que he cogido estoy sintiendo de 

verdad calambres. 



ESCENA XII 



Vic. 

Amg. 

Barón 

Red. 



Vic. 

Red. 

Barón 

Aug 

Pat. 

Barón 

Vic. 

Red. 



Aug. 
Red. 



Vic. 

Barón 

Vic. 

Aug. 

Barón 

Vic. 



Nieves 

Vic. 

Red. 

Barón 

Vic. 



DICHOS. VICENTA con dos toallas rusas 

¡La toalla! 

Bien, seque usted lo mejor posible al señor. 
Bien seco, ¿eh? 
¡Consumatum est! 

(juego escénico en el que Redondo oculta la cara corno- 
puede, mientras Vicenta le enjuga.) 

(Fijándose.) ¡Calle... el señor Mondragón! 
(Estornuda.) (¡Ya me dejó seco!) 

¡Mondragón! 

(¡Se deshizo.. la boda!) 
Es nuestro amigo el señor Redondo. 
Perdone el señor, pero... 
No, no; si la chica lleva razón. Soy Mon- 
dragón. . Redondo y Mondragón... Mondra- 
gón y Redondo... 
Ah, vamos, el segundo apellido. 
Justo, sí; mi madre... (Aparte.) (¡Ay, mi ma- 
dre... que no puedo más!) Déme usted la 
toalla y retírese. 

A SU disposición. (Viendo á Facundo.) ¡Calla, 

pues si está aquí el señor Villalbal 
¿Cómo Villalba? 
¡Y el señorito (rarrido! 
¿Nuestro hijo Gairido? 
¿Pero de dónde les conoce usted? 
De Aran juez: el señorito iba detrás de una 
tal Blanca, sobrina de una tal Josefa Ro- 
dríguez. 
¡Dios mío! 

Y el señor Villalba también. 
¡Ahora sí que escampa! 
Acabe usted. 

Y la señora de Ramírez, (Por Luisa.) todos, 
todos han estado allí este verano. Y todos 
detrás de Blanca. Y todos corrían... y se 



— 18 — 



ocultaban unos de otros y este señor., (por 
Bedondo.) no salía más que de noche con una 

bufanda y gafas... (Redondo da un estornudo muy 
fuerte como para ahogar la voz de Vicenta.} 

Barón Esto significa que hemos sido engañados. 
Ang. Yo te explicaré, pat á. 

Aüg. Un momento, (a Vicenta.) Retírese usted. No 

conviene que las criadas se enteren. (Mutis 

Vicenta.) 

Barón Dices bien; la sociedad tiene sus leyes; el 
mundo tiene sus exigencias... 

Ang. Precisamente esas exigencias han sido la 

culpa de todo. Los señores de Redondo han 
fingido su viaje á Italia como vosotros á los 

Pirineos. (Los Barones tosen como para que no se 
le oiga.) 

AUG. (Regañándole.) ¡Angel! 

Ang. Perdónenme y así como yo he olvidado mis 

calaveradas, olviden ustedes también la 
rancia etiqueta que nos ha traído á esta si- 
tuación. 

RED. (Abrazando á Angel.) ¡ Maravilloso! 

Pat. Pero no crean ustedes, si no hemos ido á 

Italia, no ha sido por falta de dinero; sino 
por la tacañería de éste. 

Red. ¡Yo tacaño, yo!... 

Pat. Tú que has comprometido la felicidad de 

nuestra hija. 

Bed. ¿Yo? Un hombre que se ha sacrificado, que 

ha sudado, que se ha mojado... 
Pat. Tú, sí... 

Red , Hemos acabado: ahora mismo, pido la cuen 

ta y me voy. 
Pat. ¿La cuenta? 

Red. Bueno... ¡que me vo} 7 ! 

Pat. Y yo. 

Luisa ¡Pero, señores, por Diosi 

Barón Cesen ustedes en su querella Nuestro hijo 
Angel lleva razón en cuanto á la parte fa- 
miliar; para el mundo deben hacerse ciertas 
cosas aunque no se hagan y como ustedes, 
puede decirse que son de la familia, queda- 
mos en que han estado ustedes en Italia... 

Pat. Y ustedes en los Pirineos. 

LüISA (Dando un pellizco á Facundo.) Y Usted en Iver 

dón. 



— 79 — 



ÁNG. (Que se ha acercado á Nieves.) Ya lo has oído an - 

tes: tu amor me ha hecho olvidar mi vida 
pasada; desde hoy para ti y sólo para ti. 

Aüg. Y ahora, justo es que tomemos el té y fije- 

mos el día de la boda. (Toca el timbre. A Redon- 
do.) ¿Usted chocolate, verdad? 

Red. O té ó flor de malva, me es lo mismo ya 
todo me es igual. 

AüG. (a Vicenta que sale.) Sirva Usted el té. (Se sien- 

tan, Vicenta empieza á servir el té.) 

ESCENA ULTIMA 

DICHOS, el CRIADO por la primera derecha con dos cartas en la 
mano 

Criado (Dirigiéndose á Luisa.) El señor Amado pregun- 
ta por la señora. 
Barón Que pase. 
Red. [ 

FaC. ) ¡¡No!! (Muy asustados.) 
Ang. 1 

Luisa (sonriendo. Bien, que espere en la antesala. 
A.hora saldré. 

Criado Me ha entregado esta carta para la señora. 

(Le entrega una.) Esta acaba de llegar para el 

Señor Barón. (Le entrega la otra.) 

Luisa (Mirundo el sobre.) ( i e Suiza ) 

Barón (ídem.) ^De Italia.. ) Veamos (Ambos rompen los 
sobres. Barón leyendo.) «Venecia 24 de Sep - 
tiembre.» 

Red. ¡Mi carta! 

Luisa «Iverdón. 24 de Septiembre.» 

Fac. ¡La mía! 

Barón «Acabamos de llegar á la ciudad de los Do- 
gos.» 

Luisa «Desde el chalet de Schwarenbach, á dos 

mil setecientos metros sobre el nivel del 

mar, te escribo estas líneas.» 
Barón «¡Nos deslizamos en silencio por el Gran 

Canal, mudos de asombro!... (Riéndose.) jDe» 

licioso! 

AUG. ¡Original! (Todos ríen y va cayendo el telón.) 



FIN DE LA COMEDIA 



OBRAS DE ANTONIO PASO 



Ea candelada , zarzuela en un acto. 

El señor Pérez, ídem id 

El niño <le Jerez, ídem id . 

El gran Tisir, ídem id. 

lía casa de las comadres, ídem id, 

Eos diablos rojos, ídem id. 

Todo está muy malo, diálogo. 

Eas escopetas, zarzuela en un acto. 

La zíngara, ídem id. 

Ea marcha de Cádiz, ídem id. 

El padre Benito, ídem id. 

Sombras chinescas, revista lírica en un acto 

Eos cocineros, saínete lírico en un acto. 

Eos rancheros, zarzuela en un acto. , 

Historia natural, revista lírica en un acto. 

El fin de Rocambole, zarzuela en un acto. 

Eas figuras de cera, ídem id. 

Alta mar, juguete cómico en un acto. 

Churro Bragas, parodia de Curro Vargas. 

Concurso universal, revista lírica en un acto. 

Eos presupuestos de Villapierde, revista politica en un acto. 

Ea alegría de la huerta, zarzuela en un acto. 

El Missisipí, ídem id. 

Ea luna de miel, ídem Id. 

Eas venecianas, idem id. 

Eos niños llorones, saínete lírico en un acto. 
El bateo, ídem id . 

El respetable publico, revkta lírica en un acto. 

Ea corría de toros, saínete lírico en un acto 

El solo de trompa, zarzuela en un acto. 

El cabo López, ídem id. 

Ea virgen de la Luz, ídem id . 

El pelotón de los torpes, idem id. 

El picaro mundo, ídem id. 

El trébol, ídem id. 

El aire, juguete cómico en un acto. 

Ea torería, zarzuela en un acto. 

Gloria pura, ídem id . 

Ea misa de doce, entremés lírico. 

Hule!, ídem id. 

Frou-Frou, humorada lírica er» un acto. 

Ea mulata, zarzuela en tres actos. 

Ea reina del couplet, ídem en un acto. 



£1 ilustre Recóehez, ideni id. 
JB1 aire, ídem, id. 
El rey del valor, idem id. 

El arte de ser bonita, humorada Urica en un acto. 
La taza de té, caricatura japonesa en un acto. 
Los mosqueteros, zarzuela en un acto. 
La loba, ídem id. 
La hostería del laurel, idem id. 
La marcha real, zarzuela en tres actos. 
La alegre trompetería, humorada en un acfco. 
Tenorio feminista, parodia lírico-muieriega. 
El quinto pelao, zarzuela en tres actos. 
Los ojos negros, ídem en un acto. 
Mayo florido, saínete lírico en un acto. 
La república del amor, humorada lírica en un acto. 
La tribu gitana, zarzuela en un acto. 
El gran tacaño, comedia en tres actos. 
Los hombres alegres, saínete lírico en un acto. 
Los perros de presa, viaje en cuatro actos. 
El paraíso, comedia en dos actos. 
j.Hea culpa!, disgusto lírico original y en prosa. 
Oeuio y figura, comedia en tres actos. 
La partida de la porra, saínete lírico eu un acto. 
La mar salada, comedia en dos actos y en prosa. 
La alegría de vivir, comedia en cuatro actos y en prosa. 
Los viajes de Gulliver, zarzaela cómica en tres actos. 
La divina providencia, juguete cómico en tres actos. 
La gallina de los huevos de oro, comedia de magia en dos actos 
El verbo amar, opereta en un acto, divido en un prólogo y dos 
cuadros. 

Baldomero Pachón, imitación cómico-lírico-satírica en dos act06 

Pasta flora, comedia en tres actos y en prosa, original. 

El debut de la chica, monóloge en prosa. 

El orgullo de Albacete, juguete cómico en tres actos. 

La pata de gallo, monólogo cómico en prosa. 

El potro salvaje, zarzuela cómica en un acto. 

La corte de Kisalia, zarzuela en dos actos. 



OBRAS DE JOAQUIN ABATI 



Monólogos 

Causa criminal. (De actor). 
La buena crianza ó tratado 

de urbanidad. (Id.) 
Un hospital. (Id.) (3) 
Zas cien doncellas. (Id.) 
La cocinera. (De actriz.) * 
El Himeneo. (Id.) * 
El Conde Sisebuto. (Id.) * 
El debut de la chica. (Id.) (9) 
La pata de gallo. (Id.) (9) 

Comedias en un acto 

Entre Doctores. 
Azucena. 

Ciertos son los toros. 
Condenado en costas. * 
El otro Mundo. (1) 
La conquista de Méjico. 
Los litigantes. 
La enredadera. 
De la China. (3) 
Aquilino Primero. (8) * 
El intérprete. (3) 
El aire. (9) 

Comedias en dos actos 

Doña Juanita. (2) 

Los niños. (2) 

Toriosa y Soler. (7) (R) 

El 80 de Infantería. (10) (R) 



El Paraíso. (9) 
La mar salada. (9) 
La gallina de los huevos de 
oro. (Magia.) (9) 

Comedias en tres ó más actos 

Tortosa y Soler. (7) 
Los hijos artificiales. (7) 
Fuente tónica. (8) * 
Ahina y Ripoll. (6) 
El 30 de Infantería. (10) 
Los reyes del tocino. (Firma- 
da con pseudónimo.) (3) 
El gran tacaño. (9) 
Los perros de presa. (9) 
Genio y figura. (1), (5) y (9) 
La alegría de vivir. (9) 
La divina providencia. (9) 
El Premio Nobel. (1) 
El orgullo de Albacete. (9) 

Zarzuelas en un acto 

Los besugos. (3) 

Los amarillos. (2) 

El tesoro del estómago. (3) 

Lucha de clases. (4) 

Las Venecianas. (La músi- 

ca.) (5) 
Tierra por medio. (4) 
El Código penal. (6) 
Tres estrellas. (3) * 
El trébol. (9) 



La taza de the. (9) y (11) 

El aire. (9) (R) 

La hostería del laurel. (9) 

Mayo florido. (9) 

Los hombres alegres. (9) 

¡Mea culpa! (9) 

La partida de la porra. (9) 

El verbo amar. (9) 

El potro salvaje. (9) 

Zarzuelas y operetas en tres 
ó más actos 

La Mulata. (3) y (9) 



La Marcha Real. (9) * 
Los viajes de Gidliver. (9) 
El sueño de un vals. (9) 
La viuda alegre. (12) * 
Baldomero Pachón. (9) 



Las obras marcadas con aste 
risco, ó no se han impreso, ó es 
tán agotadas. 

Las marcadas con (R) son re 
fundiciones. 



(1) En colaboración con Don Carlos Arniches. 

(2) Idem con Don Francisco Flores García 
(á) Idem con Don Emilio Mario (hijo.) 

(4) Idem con Don Sinesio Delgado. 

(5) Idem Con Don Enrique García Alvarez. 

(6) Idem con Don Eusebio Sierra. 

(7) Idem con Don Federico Repara/,. 

(8) Idem con Don Emilio F. Vaamonde. 

(9) Idem con Don Antonio Paso. 

(10) Idem con Don Luis de Olive. 

(11) Idem con Don Maximiliano Thous. 

(12) Idem con Don Fiacro Yrayzoz. 



Precio: DOS pesetas